Padre Chepe: el evangelio como entrega al otro
Hace veinticinco años asistí a la pequeña iglesia San Lorenzo, de Cutupú, La Vega, para ser testigo del acto de ordenación sacerdotal y de compromiso con la Compañía de Jesús, fundada en Italia, en 1540, por san Ignacio de Loyola, de mi primo José Rafael, hijo de mis tíos Manuel (fallecido) y Consuelo, a quien llamé, en el ámbito metafórico de un poema juvenil, “La madame Sosostris de los Mármol”, por la fuerza evocadora de su espiritualidad.
Porque, desde su primera misa y misión sacerdotal, practica el evangelio como deseo de Jesús de ser siempre cercano a los más pobres, los enfermos, los atribulados; porque encarnó los votos de la Compañía, sus maestros y ha hecho de su apostolado y sus días una convivencia cotidiana y sagrada con los más pobres de la sociedad; porque su carisma se traduce en una singular humildad, una integridad vital y reciedumbre ética, como en pocos seres humanos he visto, José Rafael se transformó, a la sazón de su indiscutible liderazgo, para sus seguidores pobres y para sus seguidores ricos, en el “padre Chepe”, una expresión del desprendimiento, la entrega incondicional a los demás y demostración viva de una iglesia ecuménica comprometida con la fe como instrumento espiritual de cambio y progreso social, y de renovación esperanzadora del mensaje de Jesús en la tierra, para la conquista de la igualdad de derechos y la eliminación de la pobreza y la desigualdad.
Tengo gratos recuerdos de su casa en Manga Larga, donde iba de vacaciones en la infancia. Allí aprendí a faenar con los ganados porcino y vacuno de su padre. Descubrí la magia de la leche recién extraída de la ubre de la vaca, tomada con batata asada y huevos hervidos en plena montaña, al amanecer. Con su hermano Manuel Emilio (Nelo) y los primos José Elías (fallecido) y Roldán, destacado artista popular, aprendimos a caminar por los misterios de la noche en el campo y a acercar la luna a nuestra vista con el efecto refractario de su luz en una botella de cristal llena de agua. Eran tiempos de un ocio creativo y cargado de inocencia e ingenuidad. Desde entonces, la especial calidad espiritual de “Chepe” se hacía notar entre nosotros.
Llegar al sacerdocio fue, para él, cuestión de temprana vocación y convicción profunda. Cuando le tocó ir a estudiar a Brasil, pastoreando almas en barrios de extrema pobreza en Belo Horizonte, estado de Minas Gerais, llegué hasta la sencilla casita donde habitaban los sacerdotes jesuitas encargados de la misión.
También allí su liderazgo era notorio, y en sus distintas lenguas los brasileños le llamaban “Chepe”, porque lo sentían cercano, identificado con sus añoranzas y con la palabra de Jesús en los textos bíblicos.
Por su regia disciplina y su honda vocación de servicio los superiores le encomendaron tareas como párroco en los barrios capitalinos de Gualey y Los Guandules; director del Centro Bonó; director del Servicio Jesuita de Refugiados, donde trató siempre al extranjero con dignidad y fraternidad; director del Centro Belarmino, en Santiago, donde sembrando amor y entrega cosechó amigos y fieles de todas las clases sociales; allí, en el Cibao, dirigió también el Centro de Formación y Acción Social y Agraria (Cefasa) y los campamentos juveniles en Río Bao, hasta llegar a la posición que desempeña hoy como rector de la Universidad Instituto Politécnico Loyola, de San Cristóbal.
En cada una de sus misiones, la transformación material y el crecimiento humano y espiritual se hacen patentes. Larga vida y fructífero porvenir al padre “Chepe”, un jesuita ejemplar.
