La operación que permitió la extracción de Nicolás Maduro y su esposa desde Venezuela evidenció el amplio dominio aéreo y tecnológico de Estados Unidos. La misión, considerada de alto riesgo, incluyó el uso coordinado de cazas furtivos, aeronaves de guerra electrónica, bombarderos, helicópteros de asalto, drones y satélites de inteligencia, en un despliegue que subrayó la capacidad de Washington para ejecutar acciones complejas fuera de su territorio.
De acuerdo con información del Pentágono y análisis de fuentes abiertas revisadas por Reuters, más de 150 aeronaves, entre tripuladas y no tripuladas, participaron en la operación. Entre ellas figuraron los F-35 Lightning II y F-22 Raptor de Lockheed Martin; los F/A-18E/F Super Hornet y EA-18G Growler de Boeing; y los E-2D Advanced Hawkeye y bombarderos B-1 de Northrop Grumman.

El impacto de la misión se reflejó incluso en el mercado financiero, con alzas en las acciones de varias compañías del sector defensa, lo que confirmó el peso estratégico y comercial del operativo.
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Mensaje directo a Beijing
Expertos militares consideran que la operación también tuvo un fuerte componente geopolítico. En medio del acelerado proceso de modernización militar de China y del aumento de tensiones en el Pacífico, la misión mostró la capacidad de Estados Unidos para controlar el espacio aéreo, neutralizar defensas y coordinar múltiples plataformas en tiempo real.
El exgeneral Tim Ray, antiguo jefe del Mando de Ataque Global de la Fuerza Aérea, afirmó que se trató de un tipo de operación “que solo Estados Unidos puede realizar”, y la definió como una señal clara de que Washington está dispuesto a competir con China tanto en el plano militar como estratégico.
Antes del inicio de la extracción, el gobierno estadounidense aseguró haber creado un corredor aéreo seguro mediante capacidades espaciales y de guerra electrónica. Autoridades militares indicaron que se usaron múltiples sistemas para interferir comunicaciones, vigilar objetivos y permitir la libre maniobra de las aeronaves involucradas.
Helicópteros, cazas y guerra electrónica
La fase de extracción se apoyó en helicópteros MH-60L especializados en incursiones, respaldados por unidades ligeras Little Bird, helicópteros de transporte pesado CH-47 Chinook y aparatos de ataque AH-64 Apache, que ofrecieron cobertura armada.
En el control del espacio aéreo participaron cazas de quinta generación capaces de evadir radares, junto a aviones diseñados para interceptar amenazas y plataformas de guerra electrónica que bloquearon comunicaciones y sistemas defensivos.
El alcance extendido de la misión fue posible gracias a aviones cisterna KC-135, que reabastecieron en vuelo a bombarderos y cazas durante varias horas de operación.
La inteligencia fue otro pilar clave. Aeronaves de alerta temprana E-2D coordinaron la batalla aérea, mientras drones furtivos y satélites transmitieron información en tiempo real a los mandos estadounidenses.

Fuentes de la industria de defensa indicaron que el Pentágono suele realizar evaluaciones detalladas tras este tipo de misiones, con el fin de determinar qué sistemas funcionaron de manera óptima y cuáles requieren mejoras, un proceso que podría influir en futuras decisiones militares y presupuestarias.
La operación, más allá de su objetivo inmediato, dejó un mensaje claro: Estados Unidos mantiene una capacidad tecnológica y operativa difícil de igualar, en un contexto internacional marcado por la competencia estratégica entre grandes potencias.