Nueva ciudadanía y escuela
La educación constituye, qué duda cabe, uno de los pilares para la cohesión de los fundamentos culturales e históricos de la vida en sociedad.
Los grandes pensadores y grandes líderes, hombres y mujeres, vieron en la educación, desde la Antigüedad hasta la era premoderna, el principio para la libertad y el progreso de los pueblos, así como la correa de transmisión, por excelencia, de los valores y los hábitos de la cultura.
Pero, ¿podría el modelo pedagógico de los siglos del imperio de la razón y el humanismo, que sobrevivió, mediante giros adaptativos y reconversiones, a cambios sociales y crisis históricas de determinados modelos de producción y estilos de vida, ya hoy superados, servir de herramienta formativa para los jóvenes de una sociedad cuyas características se alejan de aquella sólida, memorística y evolutivamente lineal, y se centran en el distanciamiento individualista, la discontinuidad como hilo difuso del tiempo histórico, el síndrome del consumismo, la tendencia al olvido y la obsolescencia y el desperdicio como únicas formas del destino pronosticable o manifiesto? Francamente, no.
El mayor reto de la escuela en la modernidad líquida es el de impregnar en los jóvenes la necesidad de que se formen con miras a la construcción de una nueva ciudadanía, la cual ve al sujeto, a la familia, al Estado, a las creencias y valores, a la educación y a la cultura de forma completamente distinta a como los vivieron sus padres.
En la educación sólida premoderna, por ejemplo, la memoria jugaba un rol fundamental, y educarse era sinónimo de preparación para el futuro y para lograr un puesto laboral estable.
En cambio, los jóvenes de hoy, adscritos a la racionalidad tecnológica, a la dependencia de los gadgets o artilugios técnicos y a la cultura de lo desechable, son más propensos al manejo de información que se traduce en inminente olvido, y la educación, antes que acumulación de saberes, se concibe como la adquisición de destrezas pragmáticas durante toda la vida, a fin de recomenzar cada cambio que, en la concepción del hecho de vivir y en la consecución de breves y múltiples empleos, si de su lado estuviera la suerte, el decurso de la sociedad y los movimientos del mercado y el consumo imponen.
Lo que atraía a los padres ayer, hoy es aborrecido por los jóvenes. El anhelo de lo durable se ha transformado en devoción por lo prescindible, lo volátil y descartable.
Las generaciones actuales desconocen la importancia de la espera. Rinden, en cambio, un culto delirante a la velocidad y a lo transitorio.
Ya el tiempo no es oro o dinero, sino, un ladrón que se apropia de la posibilidad del cambio y elude lo banal. Los vínculos humanos ya no son un don, sino, una amenaza.
La responsabilidad es relativa, no un valor en sí. Los ideales nacen hoy con fecha de caducidad. La receta para el éxito está en el individualismo a ultranza: no parecerse a los demás. Lo que tiene valor de mercado es la diferencia; no la semejanza. El sentido del prójimo queda diluido.
Vivimos en tiempos de inestabilidad, de vínculos humanos escurridizos; vivimos bajo estado de sospecha, de deslealtades, de identidades vacías y difusas, de ambigüedades, del predominio de lo veloz y transitorio, de lo” light” y del “fitness”, de lo inmediato y descartable, tiempos de una insufrible anorexia existencial.
El mercado y el consumismo del estilo de vida líquido nos han cambiado las raíces por señales de humo. ¿Son esos, acaso, los ribetes con los que hemos de construir, desde la escuela, una nueva ciudadanía?
