Nuestros ayuntamientos
Crecí entre el exilio de mis padres, la transición post trujillista y el primer régimen de Balaguer; por lo tanto no conocí la pulcritud que me cuentan una vez exhibían las ciudades del país, sino la cada vez más creciente degradación que se observa desde que se sale por la puerta de la casa.
Ciudades que han perdido sus aceras por las construcciones ilegales, la ocupación vehicular, roturas despiadadas, o simplemente porque no existen donde deberían estar.
Contenes y desagües cloacales tapados, abandonados, con huecos capaces de tragarse hasta un caballo.
Urbes en las cuales 20 minutos de lluvia las inundan junto a sus ocupantes. Una alambrera en las redes aéreas que ni las más osadas arañas pudieran duplicar.
Obras nuevas recién estrenadas carentes del más mínimo mantenimiento, y ni hablar de aquellas inauguradas en años anteriores. Basura creciente, pestilente, cuya recogida y disposición se mide por ineficiencia. Permisos al mejor postor, gravámenes e impuestos de aplicación selectivos.
Áreas públicas degradadas e inseguras. Ciudades llenas de agresiones visuales y auditivas.
Amén de todas nuestras carencias, defectos e inconformidades municipales, estamos falta del elemento más indispensable para que existan ayuntamientos eficaces: conciencia ciudadana.
Lo peor somos nosotros mismos; los que permitimos los enganches a las redes; los que tiramos basuras que taponan las cloacas y fomentan enfermedades; los que auspiciamos violación de las leyes, sobornando a todo el que pueda, comprando voluntades, opacando convicciones.
La primera tarea de un Ayuntamiento es la educación ciudadana para poder cumplir sus objetivos y justificar su razón de ser. La segunda, hacer cumplir las leyes. No es un problema solo de nuestras grandes ciudades, sino del país entero.
Si estos desafíos no son confrontados, habrá que preguntarse para qué tanta burocracia municipal, y si dicha existencia es realmente necesaria, o si debían ser simples apéndices de una administración pública centralizada.
