No es tan fácil…
Referí recientemente el poema de Shelley (1792-1822), Ozymandias, que a seguidas traslado en una apresurada traducción hecha por mí: “Conocí a un viajero de una tierra antigua / que dijo: dos enormes piernas sin torso, de piedra / yacen en el desierto… Cerca, en la arena, / cubierto a medias, un rostro cuyo gesto, / ceño fruncido y fría mueca de burlón comando / dicen cuán bien el escultor talló / la pasión que pervive inanimadamente, / el desprecio, el arrogante sentimiento; / en el pedestal, grabó estas palabras: / ‘mi nombre es Ozymandias, rey de reyes / mirad mis obras, vosotros poderosos, ¡y temed!’. / Nada más permanece.
En torno a las ruinas / del colosal derrumbe, desasido y desnudo / sólo hay arena hasta el fin del mundo”. Ozymandias es el nombre griego del faraón Ramsés II, de 13 siglos antes de Cristo, cuya estatua desolada seguramente contempló Alejandro Magno cuando conquistó Egipto a fines del siglo III a. C. Este macedonio, discípulo de Aristóteles, también conquistó Persia, el actual Irán, la más antigua potencia imperial, cuyas fronteras llegaban desde el norte de India hasta los Balcanes en Europa, fundada por Ciro en el siglo VI a. C., reconocido por su tolerancia cultural y religiosa.
El zoroastrismo fue por más de un milenio su religión. Conversos al islam hace 13 siglos, los persas no son étnica ni culturalmente árabes, sino indoeuropeos; son musulmanes chiitas, no sunnís como los árabes.
A Alejandro le tomó siete años conquistarlos, según relata Heródoto, padre de la historia que escribió en el siglo V a. C. obras que permiten ver con ojos de hoy acciones de hace 25 siglos. Pues bien, este paseo es para decir que la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán no es nada nuevo, ni cuyas raíces datan sólo de los 47 años del dominio de los ayatolas, sino que es un conflicto tan antiguo como los primeros registros históricos de Occidente. No será fácil vencerlos.
