Nietzsche nos remueve el piso

José Mármol
José Mármol

Friedrich Nietzsche está relacionado a la visión del hombre desde una perspectiva anti-romántica y de orientación marcadamente naturalista, por cuanto no se adhiere a la creencia de que puede el hombre poseer y dominar la realidad.

Para desvelar este perfil nietzscheano Ángel Manuel Faerna, catedrático de la Universidad Castilla-La Mancha, se apoya en una fábula con la que el pensador alemán empieza uno de sus escritos filosóficos tempranos, titulado “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, de 1873.

El texto reza: “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la ‘Historia Universal’: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto.

Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer”.

Aquí se encuentran fuertes acentos naturalistas en los que se subraya un orden de acontecimientos y una terminología que incrustan la historia humana en un orbe esencialmente natural; una vertiente de pensamiento que resalta la originalidad de Nietzsche y sus puntos de vista filosóficos.

Aunque, cuando habla del individuo como algo inventado lo despoja de ribetes naturalistas e instintivos primigenios, para instalarlo en el ámbito de los acontecimientos históricos y culturales.

Aquí tiene lugar el vínculo de pensamientos entre Nietzsche y Michel Foucault, y la visión del conocimiento de este como el producto de relaciones de poder y de saber, y de la lucha expresada como confrontación entre el instinto y el saber; es decir, entre lo presumiblemente natural y lo histórico, lo que no tiene origen, sino, que se crea.

“Describir nietzscheanamente el conocimiento como una sistemática falsificación de la realidad sólo puede tener sentido desde la asunción de un concepto ‘más profundo’ de verdad: una verdad inefable, ahistórica, no mediada en forma alguna, externa por siempre a los recursos cognoscitivos de nuestra ‘naturaleza imperfecta’”, concluye Faerna.

De acuerdo con José Ignacio Galparsoro, catedrático de la Universidad del País Vasco, a la luz de la cercanía discursiva entre Nietzsche y Foucault, especialmente en lo que atiene a la problematización histórica y arqueológica del saber, como al devenir de la humanidad, la tradición filosófica del siglo XIX establece una suerte de huida del hombre de la naturaleza.

Con esa huida tiene lugar un hombre disminuido, que a su vez procura un hombre trascendente, lleno de falsedades. En “Así hablaba Zaratustra” (1883-1885) y “Genealogía de la moral” (1887) Nietzsche procura rescatar al hombre de esa trascendencia para colocarlo nuevamente en su inmanencia, en su naturaleza.

Esa reflexión es un pilar para la construcción del concepto de superhombre, tan vilipendiado e instrumentalizado, por ignorancia, en la cultura occidental.

Superhombre significa finalidad inmanente a la naturaleza. En él no aparecen rasgos de providencialismo teleológico: “tendrá que llegar”.

De ahí la importancia que dio Nietzsche a la frase de Píndaro: “Llega a ser lo que eres”. Su creación no es resultado de la evolución de la historia, como en Hegel, sino, una contingencia.

El superhombre se fija metas de manera autónoma, sin pretensión determinística alguna. No obedece a autoridad externa ni a fin emancipatorio ni a promesas extramundanas.

El fin del hombre es el hombre mismo. Aunque queda claro que: “El hombre es un puente y no una meta”, dice Nietzsche.

Es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, establece el filósofo Galparsoro. El hombre se sacrifica por sí mismo; no por ideologías o teleologías. Todavía no ha nacido el superhombre, y, mientras, el hombre mismo tiene que ser superado.