Naturaleza y cultura: lugar del hombre

José Mármol
José Mármol

El darwinismo se opone a establecer un muro infranqueable entre la naturaleza y la cultura. Con el evolucionismo se abren las puertas para la naturalización del hombre, la moral, el pensamiento y la cultura.

El hombre deviene ser cultural por naturaleza. A este propósito me parece válida la reflexión de Braulio Belliard en su artículo titulado “Darwin y la naturalización del hombre” (2013), cuando sustenta: “Entre naturaleza y cultura hay una identificación equivalente a creación y mímesis de lo dado.

El hombre inventa y crea, usando a la naturaleza como punto de partida de su imaginación y creatividad. El ser social deviene cultura, en cuanto naturalización de sus instintos evolutivos, en una operación progresiva de aprendizaje y adaptación a la realidad material.

En el curso de su proceso evolutivo, el hombre somete la naturaleza a sus leyes de adaptación social”. Y concluye: “La condición social del hombre es una propiedad que dimana de su esencia natural. De ahí que el hombre sea un ser social por naturaleza”.

El evolucionismo darwiniano se opone al antropocentrismo de su época. Su obra “El origen de las especies” data de 1859. Mientras que “El origen del hombre” data de 1871.

Pasan doce años entre una obra y otra, y no es sino en ese momento cuando Darwin decide publicar juicios científicos sobre el hombre, sus orígenes y su evolución.

El científico llegó a temer la reacción del establecimiento religioso, todavía poderoso como un remanente feudal, contra sus reflexiones científicas sobre el origen evolucionista y no mítico del hombre.

No obstante, en sus notas personales llega a hacer afirmaciones tan temerarias, pero, al mismo tiempo, tan convincentes como esta: “Platón-Erasmo- dice en el Fedón que nuestras ‘ideas imaginarias’ provienen de la preexistencia del alma, que no son derivables de la experiencia –léase monos en lugar de preexistencia”. (1838).

Este es un juicio clave para entender principios como los de naturalización, evolución y selección natural. A partir de esta visión el hombre, pieza relevante en el proceso evolutivo de la naturaleza como sistema, pasa a formar parte de la historia natural.

En un trabajo titulado “De la naturaleza humana a la naturalización del hombre” (2003), Ángel Manuel Faerna, profesor de filosofía de la Universidad de Castilla-La Mancha, sustenta que “el naturalista no piensa que la existencia de teorías científicas sobre esto o aquello nos dispense del trabajo de construir la imagen de lo que somos; la ‘información’ (la que hemos podido recabar hasta la fecha) está ahí, pero su significado es incierto, sobre todo en sus consecuencias para otras imágenes que previamente nos habíamos formado y que sustentan toda clase de valores y prácticas”.

Y añade: “En la medida en que el conocimiento científico descansa sobre el principio de inmanencia —no hay instancias de explicación extranaturales— y el de relevancia causal —todo hecho de la naturaleza está sometido a un régimen legal común respecto de cualquier otro—, nuestro lugar está ahora dentro de la historia natural, como un nudo más en las innumerables interacciones que ligan a todas las cosas; un nudo tan complejo como se quiera, pero cuyas hebras son todas mundanas, sin que quepa encontrar oculto entre ellas el ‘hilo rojo’ de Dios”.

A este principio se opondrá el de “conciencia eterna” en Kierkegaard, con la cual retorna a los cimientos morales preeminentes en el individuo y rechaza la “fuerza salvaje y desenfrenada” como fundamento de todas las cosas, cuya consecuencia sería la de una existencia “vacía y desconsolada” en el hombre, como afirma en su obra ¨Temor y temblor¨ (1843).