Motocicletas en elevados: tragedia

Dayana Acosta

En República Dominicana, el verdadero problema no es la cantidad de motocicletas que circulan por nuestras vías, sino la peligrosa normalización del irrespeto a las leyes de tránsito por parte de muchos de sus conductores.

Se ha vuelto parte del paisaje cotidiano ver motociclistas subir a los elevados a cualquier hora, como si las normas fueran simples sugerencias. No importa la señalización ni el riesgo: transitan por vías donde está prohibido, incluso en sentido contrario, desafiando no sólo la ley, sino también el sentido común.

El caos se intensifica en medio de los tapones, donde motociclistas y vendedores ambulantes convierten estos espacios en zonas sin control.

Algunos conductores actúan como si pudieran pasar por cualquier rendija, a cualquier velocidad, sin consecuencias. Y ahí radica el mayor peligro: la combinación de imprudencia y velocidad en estructuras diseñadas para el flujo rápido de vehículos.

La pregunta es inevitable: ¿estamos esperando una tragedia para actuar? Porque en este país pareciera que las autoridades sólo reaccionan después de los hechos, cuando ya es demasiado tarde y con las estadísticas en mano.

Lo más preocupante es que para que esto ocurra no existe ni hora ni fecha en el calendario: puede pasar en cualquier momento, en cualquier elevado, y con cualquier ciudadano.
A esto se suma otro elemento inquietante: el alto costo que representan los accidentes de tránsito, especialmente los que involucran motocicletas.

Cada lesión implica gastos médicos, pérdidas económicas y presión sobre el sistema de salud. No es un tema menor.

De hecho, República Dominicana figura entre los países con mayores índices de accidentes de tránsito en la región, una realidad que no admite más indiferencia. Los operativos esporádicos, como los realizados algunos fines de semana para incautar motocicletas, no resuelven el problema de fondo. La fiscalización no puede depender del factor sorpresa ni de acciones aisladas. Se requiere presencia constante, control efectivo y, sobre todo, un régimen de consecuencias que se cumpla.

Si se ha logrado que muchos motociclistas utilicen casco y respeten, en cierta medida, que se coloquen detrás de la línea blanca, también es posible avanzar.

Pero el cambio real sólo llegará cuando se asuma que esto es un problema estructural que debe abordarse desde la educación vial, la fiscalización y la responsabilidad ciudadana. Porque al final, no se trata de motocicletas. Se trata de vidas. Y de evitar que la próxima tragedia vuelva a encontrarnos reaccionando demasiado tarde.

Sobre el autor

Dayana Acosta

Periodista dominicana con maestría en Comunicación Corporativa y Gerencia Hospitalaria y Seguridad Social. Apasionada de la investigación y de contar historias con propósito.