Mirada poética, identidad y globalización

José Mármol
José Mármol

El arte, por cuanto constituye el ámbito más abierto de la capacidad de expresión del ser humano a través del lenguaje, se nos presenta, al mismo tiempo, como una auténtica vía de lo que académicamente se suele llamar singularización, entendiendo por esta la postura específica de un individuo o de pequeños grupos ante un relato común.

Desde una óptica interpretativa, la noción de mirada, en una acepción equivalente a pensamiento, me remonta a la misma noción nietzscheana de mirada, especialmente aquella que remite al acto de pensar como una postura que implica, por un lado, rebeldía, lo cual conecta con la naturaleza del lenguaje estético en general, y por otro, con la noción de sospecha, entendida como duda razonable, lo que remonta a Descartes y los orígenes del pensamiento moderno.

Es decir, sospecha de la veracidad incuestionable del saber establecido, generalmente, a través de mecanismos de poder.

El pensador singular, en cuyo discurso se unen filosofía y poesía, lucha por la instauración de una actitud epistémica que dé lugar a los matices del pensamiento, antes que a su monocromía.

El lenguaje artístico es más importante en la medida en que se erige como lenguaje transgresor, subversivo, iconoclasta, fundador.

Esta actitud fue muy propia de la denominada escuela neonietzscheana francesa o escuela de la sospecha, de particular impacto y huella en las ciencias sociales y humanas del siglo XX. Esta vía de la singularización, por cuanto representa la voz única y particular del individuo en el pensamiento, la cultura y la sociedad, choca frontalmente con la tendencia a la homogenización o la uniformidad que caracteriza la forma superficial de entender lo global.

Es importante resistirse a la idea de que la globalización necesariamente diluye o subsume la singularización inherente al individuo y al lenguaje artístico. Antes al contrario, podría potenciarlo.

En esa potenciación radica la mirada singular, rebelde, cuestionadora del saber homogéneo establecido, del relato común que pretende obliterar o tachar el acento individual, ese gesto propio del pensamiento auténtico que Spinoza llamaba “principio de individuación”.

El arte tiene una función social, porque, antes que subsumirse a pretensiones ideológicas de cualquier costal, no fija, no totemiza, sino que cuestiona la noción misma de identidad.

En la naturaleza cuestionadora del lenguaje artístico se encuentra un rasgo preponderante de su universalidad.

Nos encontramos, pues, con el lenguaje poético, el de la razón poética, que es un lenguaje universal, en oposición a un lenguaje sujeto al devenir histórico, y por tanto, empobrecedor de la diversidad inherente a la obra de arte.

No hay que confundir lo identitario con lo estático, folclórico o monocromático; o bien, lo que en una singularización sui generis se opone a lo universal.

La identidad, ya sea de una cultura o de un individuo, es tal en la medida en que ella es expresión de una diversidad de características y tonalidades de orden antropológico, lingüístico, social e histórico.

Allí tiene cabida la perspectiva de lo global. DE ahí lo interesante del concepto de glocalización, que, en García Canclini, remite al hecho de expresar lo local en el marco de lo global.

El lenguaje poético, por su parte, está sujeto a la razón, aunque lo caractericen la rebeldía, la mirada oblicua, o bien, mirada vigilante y armada, como la llama María Jesús Maidagán. Esa universalidad es inherente a su propia esencia.

La defensa de la creación artística será, pues, defensa del individuo y de lo singular contra la nubosidad de lo homogéneo y global.

El poeta se nos presenta como la figura que, sobre todo, si se asume como poeta pensador, a la manera en que Martin Heidegger procura la esencia de la poesía de Hölderlin, es capaz de crear una mirada distinta y nueva sobre los acontecimientos de la sociedad, la lengua, el pensamiento y la cultura.

El poeta es dueño de una mirada singular, arisca, matizada, que desde lo particular, se dirige a lo universal. Ver con asombro donde los demás ven con costumbre fue la forma en que J.L. Borges, aprendida de la definición platónica del conocimiento, sentó una definición de la poesía que la acercaba al conocimiento mismo.