Mi credo de la violencia urbana
Al momento de iniciar éstos, mis puntos de vista, sobre la violencia que atraviesa nuestra ciudad de Santo Domingo, podemos advertir, de que lo que entendemos por violencia es el mismo sentimiento de inseguridad que siente la ciudadanía, con la que vivimos y
hacemos valer nuestras aspiraciones cotidianas.
Es en el nivel interno de la violencia urbana, en lo fisiológico, donde nos damos cuenta de que la gente, a pesar de tener un trabajo seguro, o carecer de él, de tener una familia, no se siente dueña de una vida concreta, donde puedan aflorar realidades progresistas que la muevan hacia delante.
Creo que es al nivel de la ciudadanía donde el asunto de la violencia mueve verdaderamente a preocupación. Por tratarse de nuestro país, nos atrevemos a creer que la ciudadanía afectada por los actos de violencia carece de ‘estatus’ dentro de la propia sociedad dominicana. Obviamente, tampoco hemos sido educados para prevenir la violencia social, para anteponernos a peligros similares.
Creo que la violencia sirve para saber cuál es la sociedad que tenemos, a cuáles personas debemos emular. Y en el nivel de los hechos ya conocidos en este texto debemos ser más que capaces -como ciudadanos, insisto- de desarrollar las posibilidades de poder discutir el problema, de ser críticos, inclusive con las autoridades, producir un diálogo, una discusión, y todo esfuerzo en este sentido debe partir de los mismos ciudadanos.
Sin embargo, es necesario indicar dos modalidades de las manifestaciones del fenómeno. Me parece que dentro de la violencia delictiva, se habla de una violencia común que es más propia de los delitos contra la propiedad, regresivos en la escala social del individuo; y la otra violencia, llamada crimen organizado. La primera es la violencia de la gente pobre; la segunda es la de clase poderosa.
Creo, que nuestra violencia delictiva puede discutirse de las más disímiles maneras. Puede ser como un problema de principios, en la que representa una rebeldía contra las estructuras sociales y políticas que alcanzan al hombre produciéndole un mal generalizado; bien puede verse la violencia como un problema del medio social, si éste fracasa o triunfa en cuanto a las aspiraciones ciudadanas.
Aquí se suele plantear el problema de las causas, del porqué, que es el problema de la eficacia. ¿Somos eficaces en las causas de la violencia? Es lo más importante. Si un pueblo es afectado por la violencia, su dignidad ciudadana es luchar contra ella por todos los medios posibles.
Creo que para que cambie la violencia o deje de existir en el nivel sangriento que se está reflejando, es necesario que cambien las relaciones entre los ciudadanos, si tenemos un valor representativo o si se respeta al más simple de los ciudadanos del país.
Lamentablemente domina entre nosotros un serio problema de actitud: De los ricos hacia los pobres, de los hombres hacia las mujeres, de los adultos hacia los niños, y eso ha creado una verdadera cultura de violencia, de raíces muy profundas, aplicable a cualquier situación de la cotidianidad dominicana.
Existe una relación policía-gobierno en esto de la violencia delictiva. Esta relación que se ha dado de manera directa en las actuaciones policiales y militares ha ocurrido cuando el gobierno ha sido sometido a críticas.
Y entonces se producen las medidas de represión que paradójicamente buscan responder a la violencia, contrarrestarla, utilizando igualmente la violencia.
Se ha invocado la “mano dura” contra los delincuentes, punto de vista que a la criminología profesional le parece delatar la ausencia de un modelo de prevención; obviamente los policías no son los culpables de la violencia, ella ya existía en la sociedad en que nos encontramos.
Esta forma de lucha es desesperada, y no está articulada a la ciudadanía. Si luchamos desesperadamente seremos inútiles contra la violencia.
Creo, también, que en el ámbito judicial la violencia delictiva ha encontrado rota la pretendida unidad del Ministerio Público, que además de carecer de una política criminal oficial, que vomita a estos jóvenes a las cárceles, ante la impotencia de la justicia penal que no tiene una actitud definida frente a estos efectos inmediatos de la violencia. Se impone la pregunta, ¿qué hacer, pues, para prevenir el ascenso de la violencia urbana?
Creemos, finalmente, que con la violencia surgen otras consecuencias en la que no nos hemos detenido a pensar. Es decir, que la violencia permite que la gente genere reacciones y discusiones, entre la familia, que los padres hablen con los hijos, los maestros con los alumnos, entre los vecinos, las autoridades, poner en duda la intervención del oficialismo, de la Policía, someter a estudio toda la sociedad, buscar las explicaciones en el sistema social, de salud, de justicia, allí donde se ha afectado el equilibrio ciudadano.
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