¡Mediocres!

Dilenia Cruz

Me maravillo y me sorprendo cuando descubro que no he perdido la ingenuidad, a pesar de que ya no soy tan joven. Como inmigrante, casi nómada, me sorprendo cuando sigo teniendo que aceptar lo que vi por vez primera en 1998 cuando migré de mi ciudad natal a la ciudad capital. La envidia.

Recién estuve escribiendo una entrevista que me encargaron sobre una persona que ya conocía previamente y de quien me había creado mi propio criterio. Respeté los criterios que me señalaron y una vez terminada la redacción en inglés, le pedí a una segunda persona que la leyera y me diera su opinión sobre la composición gramatical.

La persona empezó amablemente la lectura, pero en la segunda oración detectó un gran fallo y procuró a todo precio rehacer la oración, donde básicamente escribí que la persona descrita en el artículo gracias a su liderazgo manejaba con gran facilidad su equipo de trabajo sin importar que fueran mayores o menores. Esta persona que leía no encontró la manera de modificar la oración y termino diciéndome que la misma no estaba bien porque expresaba que la persona descrita era lo máximo. En ese momento comprendí que gramaticalmente no había un error. El error estaba en el alma y la estatura mental de mi lector.

“Honrar, honra”, pero para entender y reconocer el valor de otros hay que tener cierto nivel de desarrollo emocional y eso es una gran debilidad de los seres humanos. Queremos medir a los otros por nuestro propio tamaño y de hacerlo así solo nos amargaremos y viviremos celosos y envidiosos de los demás.

En todos los niveles encontramos estas personas, aún en la convivencia con amigos. No es raro encontrar un “excelente amigo o amiga” que nos “aconseja” con marcada envidia.

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Dilenia Cruz