Médicos sin escudos

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Madrid.- Los trabajadores de la salud en España son el escudo contra la COVID-19. Esta frase, repetida por las autoridades desde el comienzo de la pandemia, se ha demostrado literalmente cierta.

España tiene uno de los sistemas de salud pública más amplios del mundo con un ratio de casi 41 médicos por cada 10,000 habitantes, el decimotercero mejor del mundo, similar al de países como Italia o Rusia, inferior al de Alemania (42), Suecia (54)y Cuba, que ocupa el primer puesto con casi 82.

La Unión Europea en su conjunto tiene una media de 36 médicos por cada 10,000 personas, mientras EEUU dispone de 26, Corea del Sur de 24 y China de apenas 18, según los datos de la Organización Mundial de la Salud.

Sin embargo, la dotación española de enfermeros, 55 por cada 10,000 habitantes, es sensiblemente inferior a la media europa de 86.

Para atender la avalancha de enfermos por la COVID-19, el Gobierno movilizó a 50.000 médicos y enfermeros, incluyendo jubilados, recién licenciados y estudiantes de últimos cursos, y ordenó que los hospitales privados se pusieran también al servicio de la emergencia.

Para centralizar la gestión, puso a todas las regiones autónomas a las órdenes del Ministerio central de Sanidad.

Pero es la falta de medios por lo que España no sido capaz de contener aún la curva en ascenso de casos de coronavirus.

El número de camas en hospitales sólo llega a 30 por cada 10,000 habitantes, frente a los 56 de promedio en la UE, con Alemania a la cabeza (86).

El Ejército ha levantado un hospital provisional específico con capacidad para 5.500 camas, ubicado en el centro internacional de congresos de Madrid, epicentro de la epidemia en España.

Y sólo esta semana el Gobierno pudo asegurar un contrato con China -por valor de 578 millones de euros- para el suministro regular de millones de mascarillas y guantes y un apenas un millar de respiradores que irán entregándose en las próximas semanas.

“Esto nos ha sobrepasado. No nos imaginábamos la magnitud del problema. Yo también pensaba que esto era como una gripe”, dice a Efe a condición de anonimato una enfermera de urgencias de un hospital de la región de Madrid.

“Habría desbordado a cualquiera. Ningún profesional sanitario estaba preparado para una pandemia. Era algo desconocido para nosotros”, suma una compañera de un centro de atención primaria de Madrid capital, que se identifica como Iria Suárez.

La mascarilla es hoy un bien preciado, todo el mundo cree necesitarla, incluso la persona sana que sale a pasear el perro a unas calles vacías. Los sanitarios se desesperan por la falta de buenos equipos de protección para seguir combatiendo la pandemia.

“No nos han faltado, pero cada vez son peores. Nos han llegado unas batas que son como chubasqueros, sin empuñadura. Y están pensando en lavar algunos equipos para reutilizarlos”, dice la enfermera de Urgencias.

“Sé que me arriesgo a ser infectada, sólo quiero tener herramientas”, añade.

Suárez también relata que han recibido una especie de delantales de plástico en lugar de batas y que están ya esterilizando las mascarillas especiales, para reutilizarlas.

En el hospital donde trabaja la fuente anónima se necesitan camas para que los pacientes no pasen tres días hacinados en sillas por los pasillos de Urgencias, sin espacio para mantener distancias seguras, sin manos para atender todas las bombonas de oxígeno que hay que revisar, dice.

Los equipos de protección no se desechan y cambian como antes, también para ganar un tiempo que necesita la atención constante de los pacientes. Hay enfermos leves que se agravan súbitamente y pueden pasar desapercibidos demasiado tiempo.

A veces, los pacientes reclaman un beso, sobre todo los mayores. “Necesitan cariño, están solos. Yo ya no pienso en si me contagio”.

“Es muy duro ver morir a la gente sin sus seres queridos cerca. Te angustias. No quiero que tengan que sufrir, nadie se merece esto”.

Todo el esfuerzo médico se ha dedicado a contener la propagación del coronavirus, mientras la mayoría de la población quedaba confinada en casa el 15 de marzo, salvo los trabajos imprescindibles en calle.

Revisiones médicas, cirugías, atención a embarazadas, todo ha quedado pospuesto en un sistema de salud que ya estaba funcionando a todo gas antes de la pandemia.

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