Más inversión en la infancia, más desarrollo

A propósito de estrategias del Gobierno en educación, salud y protección de los niños y niñas, es interesante reflexionar sobre los argumentos para mayor inversión en la infancia como inversión en desarrollo.

Las políticas públicas dirigidas a la niñez, siguiendo a Amartya Sen, se justifican si tomamos en cuenta la relación integral entre la niñez y la edad adulta y, por otra parte, las interconexiones entre las vidas de diferentes personas y familias que conforman la sociedad en su conjunto.

Las intervenciones en infancia, desde una perspectiva de desarrollo, parten de la necesidad de ampliación de la libertad humana manifestada en el tener control sobre nuestras propias vidas y en las alternativas substanciales que tenemos.

Reducir la mortalidad de niños y niñas menores de cinco años es de suma importancia para el desarrollo, partiendo de que el morir prematuramente es una negación a la libertad. La vida, según Sen, es la primera manifestación de la libertad personal.

Quien no puede vivir, no puede por tanto desarrollarse. El rompimiento de círculos viciosos de miseria y dependencia a través de invertir en salud, educación y supervivencia infantil y alimentación es una forma de detener la pobreza.

La creación de capacidades en esta edad es importante porque la educación en la niñez aumenta las posibilidades de vivir una buena vida en la etapa adulta puesto que favorece la productividad de la persona.

La habilidad para vivir con otros, participar y evitar desastres sociales, está también profundamente influenciada por las aptitudes que adquirimos como niños o niñas.

La educación en la infancia incide en la democracia y en la construcción de ciudadanía. Quien está mejor educado puede ser un mejor ciudadano: tiene mayor capacidad para respetar las leyes, proteger el medio ambiente y ser solidario.

Invertir en la infancia no sólo es necesario, es impostergable si queremos acabar con la vulnerabilidad, los embarazos en adolescentes, la violencia y la delincuencia. Si protegemos a los niños y las niñas y promovemos su desarrollo, nos estamos cuidando a nosotros mismos y al planeta.