Más familias, menos violencia
Los hechos que involucran muertes o internamientos de niños y niñas en centros hospitalarios por consumo de alcohol y la vinculación de adolescentes en actos delictivos, nos alertan de la urgencia de rescatar el rol de las familias en la protección de sus hijos e hijas y su educación en valores.
La familia es la institución de cuidado primordial de los seres humanos. Su función protectora es irremplazable.
Sin el apego seguro y el sostén que ofrecen el padre o madre, los niños y niñas corren el riesgo de vivir desde el miedo, la incertidumbre y el riesgo.
En el rol de cuidado de la familia se incluye la educación doméstica. Educar es proteger. Cuando se educa, se habilita al niño o la niña para tomar mejores decisiones en su presente y futuro. Preocupa que muchos padres estén dejando la educación a la televisión, iPad, internet o a los videojuegos.
Las tecnologías sólo son herramientas de educación si se utilizan adecuadamente. A través de ellas también se aprende la violencia, el machismo, el hedonismo, el individualismo y la vida fácil.
Si no enseñamos a nuestros hijos e hijas a vivir desde los valores en el mundo real, se pueden perder viviendo la ilusión de lo virtual del mundo líquido que nos describe el filósofo Bauman cuando reflexiona sobre el individualismo de la sociedad actual.
En ese mundo que mitifica el ego, el poder y el tener, y que sufre de anomía crónica, los padres y madres, somos los llamados a impregnar de contenido, sustancia y valores la información que reciben nuestros hijos e hijas.
Tenemos que enseñarles que para ser felices no tenemos que ser famosos o ricos.
Que la verdadera felicidad está en hacer el bien, y el bien incluye, no robar, no dañar reputaciones, no mentir, no matar, no codiciar los bienes ajenos, trabajar y respetar al otro.
Aunque suene anticuado o retrógrado, tenemos que volver a los Mandamientos de la Ley de Dios, practicarlos, enseñarlos, y, recordar que se resumen en uno sólo: amar. Amar es proteger y educar.
