Manuel Rueda: la fértil dualidad
Escribir acerca de Manuel Rueda (1921-1999) significa colocarse ante una de las figuras del arte y el pensamiento de mayor estatura en la historia del siglo XX de nuestra cultura.
Su obra y vida pendieron del vaivén de dos lenguajes, de dos estructuras rítmicas: la música y la palabra. Un vaivén retador, en términos creativos, a la vez que desgarrador, en términos existenciales.
En ambas entidades simbólicas, la música y la palabra, nuestro singular artista e intelectual, además de maestro y promotor cultural, fijó muy temprano dos ejes paradigmáticos, ante cuya preeminencia nunca transigió: el rigor conceptual y el deleite estético.
No por mera casualidad parte de sus primeros trabajos poéticos son expresión de una de las fórmulas de mayor exigencia en la tradición lírica occidental, el soneto.
Si bien las ideas estéticas y la práctica cultural de Rueda conectan armónicamente con la esencia universalista del manifiesto de La Poesía Sorprendida, con cuyo apogeo se encuentra a su retorno de Chile, no es menos cierto que su finísima y aguda sensibilidad ante la cultura popular y las manifestaciones del folclor lo identifican con temas inherentes a problemas neurálgicos y trascendentes de la ontología, la sociología, la antropología y la política de la vida cotidiana como piedras angulares del problema histórico, étnico y filosófico de la dominicanidad.
En especial, el de la isla dividida, el de la condición óntica del individuo “rayano” o fronterizo, el de la complejidad de las sustancias aborigen, europea y africana como ingredientes de nuestra nacionalidad y presunta identidad.
Dos ritmos vitales cimbraban la existencia y la personalidad intelectual y artística de Rueda. Al tiempo, que dos patrias colindantes tiraban del espíritu radicalmente “rayano” del creador montecristeño, convirtiéndose en uno de sus mayores desafíos de pensamiento y creación, así como en una de sus más profundas heridas vitales.
Una grave dualidad, que hará que su obra artística se mueva, a grandes rasgos, en la horcajadura de los postulados estéticos y filosóficos de un Postumismo, que rechazó, y de una Poesía Sorprendida, que adoptó; pero, siempre bajo la perspectiva de trascender los límites de ambas concepciones de la poesía y del arte en general.
Por ello, Rueda fue, al mismo tiempo, como músico y como escritor, clásico y vanguardista, versificador y prosista, eminentemente culto y visceralmente popular, dramaturgo y novelista; hombre entero y ser dividido; espíritu de tierra y alma de mar; ambidextro “que hacía arrodillar a un toro mientras acariciaba a una criatura”; cantor de una frontera que más que separar, une, aun en la complejidad de la unidad de lo distinto; que no es unicidad.
Es esa dualidad la que posibilita en Rueda la génesis y el desarrollo de dos posturas poéticas, una vanguardista, cientificista, gnoseológica y por ello, de intensa elucubración formal, y la otra, conceptista, de hondo arraigo en lo histórico, lo político y lo social de la nacionalidad y sus glorias y desastres, a saber: “Con el tambor de las islas. Pluralemas” (1975) y “Las metamorfosis de Makandal” (1998).
Entre ambos extremos, una vasta obra poética, ensayística, dramática, novelística, musical y de activo periodismo cultural de extraordinario valor.
Amaba de las vanguardias “el sacudimiento sísmico que provocan” en las “accidentadas capas geológicas de la cultura”, dice en su “Claves para una poesía plural”, donde instala en la cabuya de la línea del verso la simultaneidad sonora de la música.
En “Makandal”, en cambio, tenemos al poema hombre-mujer-animal, dioses ambiguos, “geografía enloquecida¨, catástrofes, hibridez, orillas, vida-muerte, negro-blanco, aquelarres de ratas y sirenas, isla dividida, corruptela política y distopía, fértil dualidad identitaria. Poesía social con calidad estética universal.
