Cuando Luisito Pie, medallista olímpico dominicano de taekwondo, denunció los ataques racistas recibidos en las redes sociales por su ascendencia haitiana, no habló solamente de sí mismo. Colocó sobre la mesa una realidad nacional que todavía necesita ser abordada desde perspectivas sociales, antropológicas y de política pública.
«Soy dominicano de ascendencia haitiana. Esa es mi identidad y no tengo por qué ocultarla ni avergonzarme de ella», declaró. También recordó que un verdadero dominicano no se define por el color de su piel, su apellido o el origen de sus padres, sino por su amor al país y su compromiso con él.
Luisito y sus hermanos Bernardo y Christopher Pie, igualmente destacados taekwondoístas, han representado con éxito a la República Dominicana. Sus trayectorias demuestran que reconocer una ascendencia familiar no disminuye la pertenencia nacional ni el compromiso patriótico.
La declaración de Luisito constituye, en muchos sentidos, un hito. Ni siquiera José Francisco Peña Gómez, la figura política dominicana de ascendencia haitiana que sufrió la campaña racista y xenófoba más intensa de las últimas décadas, pudo hablar públicamente de sus orígenes con la misma naturalidad y libertad con que lo hace hoy Luisito Pie.
Poco antes de morir, Peña Gómez dirigió un mensaje de perdón a quienes lo habían difamado e injuriado por su origen durante años: «Yo los perdono; mis adversarios pueden contar conmigo, con mi perdón».
Resulta profundamente contradictorio que aquella campaña antihaitiana se desarrollara durante un periodo de amplios intercambios y cooperación entre la República Dominicana y Haití.
Justamente en los años en que Luisito nacía (1994), el haitiano ya era descrito en determinados círculos como invasor y responsable de casi todos los males nacionales. Más de tres décadas después, muchas de esas expresiones continúan circulando, ahora con la capacidad multiplicadora de las plataformas digitales.
La República Dominicana no es el único país donde el gentilicio de una nación vecina se convierte en instrumento de ofensa, descalificación o estigmatización. Este fenómeno, conocido como insulto étnico, se repite, con características diferentes, en otras fronteras latinoamericanas marcadas por profundas desigualdades económicas y por conflictos históricos que nunca han sido plenamente superados.
En Argentina, por ejemplo, el término «paraguayo» y, particularmente, su forma despectiva «paragua» han sido utilizados para señalar peyorativamente a inmigrantes procedentes del Paraguay, una de las comunidades extranjeras de mayor presencia en ese país.
En Costa Rica ocurre algo parecido con la palabra «nica», que, aunque también puede emplearse de manera simplemente coloquial, adquiere en determinados contextos una connotación despectiva contra los nicaragüenses.
En Chile, por su parte, algunos estudiosos han identificado manifestaciones de «antibolivianismo», en las que el gentilicio boliviano se asocia de manera prejuiciada con la pobreza, la migración y los rasgos indígenas.
En los tres casos opera una lógica semejante a la que afecta a Luisito Pie: una asimetría económica entre países vecinos; una herida histórica vinculada a guerras, disputas territoriales o conflictos fronterizos; y un gentilicio que deja de identificar simplemente un origen nacional para transformarse en una etiqueta despectiva, un mecanismo de exclusión o un arma política.
Respecto a la realidad dominico-haitiana resulta indispensable considerar tanto el pasado conflictivo heredado de las potencias coloniales como los procesos de construcción nacional desarrollados a cada lado de la isla. Tras la ruptura, en 1844, del régimen insular unificado bajo autoridad haitiana, algunas familias con apellidos francófonos asociados con Haití optaron por hispanizar sus nombres.
No lo hicieron por vergüenza de su origen, sino como una estrategia de adaptación, integración y, en determinados casos, supervivencia frente a un cambio político brusco y a la persecución ejercida por algunos sectores.
En esa misma línea, conviene precisar algo fundamental: el haitiano formado en Haití no suele experimentar la relación con su nacionalidad de la misma manera que una persona de ascendencia haitiana criada en un ambiente donde la palabra «haitiano» puede utilizarse como insulto.
El pueblo haitiano vive permanentemente orgulloso de su historia, de su revolución antiesclavista, de su cultura, de sus artes plásticas, de su literatura, de su música, de su gastronomía y de la belleza natural de su territorio.
La reciente participación de Haití en la Copa Mundial de Fútbol, 52 años después de su primera aparición en Alemania 1974, volvió a demostrar la fuerza de ese sentimiento nacional.
El regreso de los Grenadiers movilizó a la población haitiana dentro y fuera del país, llenó de banderas las calles, los lugares de encuentro y los estadios, y ofreció a un pueblo golpeado por la violencia y la incertidumbre una oportunidad excepcional para reencontrarse alrededor de un símbolo compartido.
Todo ello ocurrió, además, en un contexto internacional marcado por expresiones recurrentes de racismo en el deporte. Figuras como Lamine Yamal, español de ascendencia marroquí y ecuatoguineana; Kylian Mbappé, francés de raíces camerunesas y argelinas; y Vinícius Júnior, brasileño, también han sido víctimas de ataques racistas en el fútbol europeo.
Sus experiencias recuerdan que representar a un país, vestir su camiseta o contribuir a sus triunfos no inmuniza a un atleta contra los prejuicios presentes en la sociedad.
En el marco de este análisis resulta igualmente interesante observar lo ocurrido en Argentina, país señalado con frecuencia por la persistencia de prácticas de racismo estructural. Allí emergió la figura de Stephen «Kiki» Ramos, un joven nacido en Haití, sobreviviente del terremoto de Puerto Príncipe de 2010 y adoptado por una familia argentina.
Criado en ese país, Ramos fue convocado a la selección argentina Sub-17 y se convirtió en el primer futbolista nacido en Haití en representar a Argentina.
No se trata simplemente de una nacionalidad deportiva. Kiki creció en Argentina, se siente parte de su sociedad, desde niño soñaba con representar al país que lo acogió y en el cual esta desarrollando su vida.
Su historia demuestra que la pertenencia nacional no depende exclusivamente del lugar de nacimiento o del origen de los padres. También se construye mediante la educación, la memoria afectiva, la convivencia, la cultura compartida y la identificación personal.
Podría mencionarse asimismo el caso del delantero de la selección canadiense de futbol, Jonathan David, nacido en Nueva York de padres haitianos quienes migraron luego en Canadá. Como ocurre con millones de personas en sociedades abiertas y multiculturales, resulta perfectamente normal que se identifique con el país donde se formó y que por sus talentos haya sido convocado al equipo nacional.
Nacionalidad, identidad, ascendencia y gentilicio son realidades relacionadas, pero no idénticas. La nacionalidad constituye un vínculo jurídico y político con un Estado. La identidad expresa una construcción personal y colectiva mucho más amplia, formada por experiencias, afectos, valores, referencias culturales y sentidos de pertenencia.
La ascendencia remite al origen familiar. El gentilicio, por su parte, identifica normalmente la procedencia o pertenencia nacional, aunque puede ser manipulado hasta convertirse en un instrumento de exclusión.
El contexto dominicano posee características particulares. Debido a las connotaciones negativas que la palabra «haitiano» adquiere en determinados sectores, obtener la nacionalidad dominicana representa, para muchos integrantes vulnerables de la comunidad haitiana asentada en el país, una aspiración de integración, seguridad y reconocimiento, como sucede con comunidades migrantes en otras partes del mundo.
En ese mismo tenor, para una parte de las generaciones nacidas en territorio dominicano durante el auge de la industria azucarera, la nacionalidad es considerada, además, un derecho sustentado en la interpretación del régimen constitucional y legal vigente al momento de su nacimiento hasta la reforma constitucional de 2010.
El tema presenta, pues, múltiples aristas. Para los atletas que, en algunos casos, forman parte de estructuras militares o de instituciones estatales, el asunto puede resultar todavía más delicado. Esto explica que muchos eviten pronunciarse públicamente sobre sus orígenes familiares, aun cuando hayan sido objeto de ataques o cuestionamientos.
Ciertamente, los hermanos Pie no son los únicos deportistas dominicanos de ascendencia haitiana. Son, más bien, los rostros más visibles de una presencia mucho más extensa en numerosas disciplinas.
Pero, más allá de cualquier discusión jurídica, en Haití se considera y aprecia a Luisito Pie como un dominicano vinculado a la diáspora haitiana por su ascendencia familiar, al mismo tiempo que se entiende que él no le debe nada a Haití.
Lo que representa hoy se lo debe a la República Dominicana, donde nació, creció, se educó, se formó como atleta y desarrolló los vínculos afectivos y culturales que definen su identidad.
Desde esta perspectiva, Luisito es un puente natural entre dos pueblos que no tienen otra opción que la convivencia pacífica. Por lo tanto, es muy lamentable el daño causado a las relaciones binacionales por el uso político del litigio surgido a raíz de la reanudación, en septiembre de 2023, de la construcción de un canal de riego en Ouanaminthe sobre el río Masacre o Dajabón.
A partir de aquel conflicto reapareció con fuerza la narrativa que presenta a Haití y a los haitianos como una amenaza permanente o como un enemigo histórico.
Esa narrativa coincidió con movilizaciones contra la inmigración haitiana, pese a que su mano de obra continúa desempeñando un papel importante en sectores esenciales de la economía dominicana, particularmente la construcción, la agricultura, el turismo y diversos servicios.
El rechazo expresado por algunos sectores contra Luisito Pie y otros atletas dominicanos de ascendencia haitiana está cargado de esa dimensión ideológica y política cultivada durante décadas. No se trata únicamente de comentarios individuales o de simples excesos verbales.
Detrás de muchos de ellos subyace una concepción excluyente de la dominicanidad, según la cual ser dominicano exige rechazar todo vínculo real o imaginario con Haití.
Existe, además, un aspecto particularmente revelador.
Algunas figuras negras de la intelectualidad, de los medios de comunicación y de las redes sociales adoptan posiciones marcadamente antihaitianas como una forma consciente o inconsciente de protección dentro de un sistema en el cual el color de piel puede utilizarse para asociarlas peyorativamente con Haití. Algunas de estas personas nacieron o crecieron incluso en bateyes.
Un episodio ocurrido en noviembre de 2024 lo ilustró de manera contundente. Durante un programa radial de amplia audiencia, un expresidente de la República señaló públicamente el supuesto origen haitiano de un conocido comunicador y analista politico negro.
Más allá de la intención del comentario, la escena mostró cómo el origen haitiano, real o atribuido, continúa utilizándose para colocar en entredicho la identidad dominicana de una persona.
La imagen del expresidente blanco cuestionando el origen del comunicador negro encierra una fuerte carga simbólica. Revela la presión que sufren determinadas figuras públicas para demostrar permanentemente su dominicanidad y ayuda a comprender por qué algunas adoptan posturas especialmente hostiles hacia Haití.
Al atacar primero al haitiano, buscan evitar que otros las conviertan a ellas mismas en objeto de sospecha o descalificación. Nada de esto define al pueblo dominicano en su conjunto.
La inmensa mayoría de dominicanos y haitianos continúa compartiendo diariamente espacios de trabajo, comercio, estudio, religión, amistad, solidaridad, amor y convivencia pacífica, lejos de las estridencias que dominan el debate digital.
La mejor respuesta a quienes cuestionan la nacionalidad de Luisito Pie se encuentra en su propia trayectoria. Su dominicanidad no depende del reconocimiento de quienes lo insultan. Está inscrita en su nacimiento, en su formación, en sus afectos, en sus decisiones y en cada ocasión en que ha levantado la bandera dominicana ante el mundo.
Luisito Pie no tiene que escoger entre ser dominicano y reconocer su ascendencia haitiana. Es dominicano y descendiente de haitianos. Ambas realidades pueden expresarse con dignidad, sin contradicción, ocultamiento ni vergüenza.
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