Luis en su laberinto: ¿cuál futuro querrá?

Luis Abinader

Pese a su juventud, apenas tiene apenas 58 años, el presidente Abinader enfrenta decisiones que, por su autoimpuesta imposibilidad de un tercer período, definirán el curso de su vida y futuro político a partir del 17 de agosto de 2028, dentro de 773 días o 25 meses. Quizás la mayor duda es quién será su sucesor en el poder.

Está muy perdido en lo claro quien dude que hoy el PRM responde de manera muy mayoritaria al presidente Abinader y que la segunda gran fuerza dentro del partido oficial la lideran Hipólito y Carolina Mejía.

También perdido está quien dude que David Collado encabeza por mucho todas las mediciones de preferencias intrapartido y extrapartido para ser candidato presidencial en 2028.

Todo fluye y cambia
La cercanía de las elecciones funciona con la fuerza del agua de un río crecido que altera sus riberas para no salirse de cauce. En la XXIV Convención Nacional Ordinaria fijada para el 2 de agosto venidero el PRM escogerá un nuevo presidente, los vicepresidentes y al secretario general del partido. Quizás Abinader asumirá la presidencia de su partido.

Desde su creación en La Habana en 1939, el PRD padece sucesivos desprendimientos y mutaciones: PRD auténtico en 1962, PLD en 1973, BIS en 1989, PRI en 1990, PRSD en 2005 y PRM en 2014, hasta quedar sólo el pret-a-porter perredeíto de Vargas Maldonado. Ha estado corroído por la mayor cantidad de crisis internas y divisiones del partidismo desde 1961.

Luis en su laberinto: ¿cuál futuro querrá?
José Báez Guerrero

Abinader tiene en sus manos el futuro de su PRM. Ha empoderado y dado gabela a funcionarios y compañeros que por sí solos no sacarían tres gatas a orinar. Para evitar una repetición de la historia como cada vez que opera una transición electoral de un partido a otro, Luis debe decidir muy pronto a cuál, entre David y Carolina, apoyará como posible sucesor.

Cualquiera de los dos que intente disputarle a Luis el control de su partido quizás pueda tumbarle el pulso en una convención o asamblea, pero arriesgándose a terminar como Lora, Gómez Bergés, Álvarez Bogaert o Jacinto, excelentes políticos más ciegos que Balaguer al olvidar quién era el dueño del reformismo.

¿Juntos o separados?
Sin Luis, David o Carolina se verán entre Escila y Caribdis, los míticos infranqueables guardianes del mar entre Sicilia e Italia. Sin David y Carolina, Luis arriesga similar suerte que sus recientes antecesores, quizá no por culpas propias, pero sí imputables a sus favorecidos o aprovechados.

Deben bailar un bolero entre tres similar al “pas de trois” del ballet clásico, coreografía de cinco partes en que la entrada la realizan los tres juntos, seguida de despliegues individuales mostrando cada uno sus mejores destrezas, concluyendo con una coda, gran final en que todos ofrecen un espectacular cierre.

Grandes estadistas han dicho que las cosas, los amores o la buena suerte terminan siendo de quien más las quiere y fundamenta esa ambición legítima en una adecuada preparación. Sin dudas David o Carolina serían excelentes jefes del Estado. En 2028 sólo puede ir uno como candidato del PRM: quien posea mayor preferencia de todo el electorado.
Un desacuerdo entre ambos aspirantes y Luis perjudicará a los tres, a su partido y quizás al país. Pena que la palabra de un político vale muy poco y ninguno aprende en cabeza ajena. Hacen caso a quien quieran y no a quien deben y se repite la historia.

¿Ganar perdiendo?
Ganar el poder desde la oposición no es un maicito. Sin el desastre político de Jorge Blanco, pese a sus aciertos de reformas económicas mal comunicadas, Balaguer jamás habría recuperado la Presidencia en 1986, a sus 80 años, ciego y con pobre salud pese a su lucidez impresionante.
Tras salir del Palacio Nacional en 2004 por la terrible crisis de las quiebras bancarias, don Hipólito nunca pudo volver y su colectivo (con ropaje nuevo como PRM) debió esperar 16 años antes de ser elegido presidente el joven líder Luis Abinader.

La historia reciente demuestra que el mejor aliado de la oposición es un antecesor torpe o con pocas ganas o posibilidades de seguir arriba. Estas innegables lecciones se pierden cuando se daña la brújula —moral o práctica— de quien posee la mayor cuota de responsabilidad para influir en las elecciones.
Hoy esa persona es el presidente Abinader. La suma de todas sus decisiones o las que en su nombre o representación tomen sus subalternos es el factor individual más determinante del futuro suyo, de su partido y más importante aun, del país.

Cada pequeño error, desaire, incumplimiento, agravio o incordio, por sí solo luce insignificante. Su suma resulta como la agregación de la gravilla -piedrecillas individuales- al cemento y el agua: fraguan como un muro infranqueable de duro concreto.

Cada éxito o logro consolida su liderazgo si, aparte del costoso relumbrón mediático, realmente contribuye a fortalecer un sentimiento colectivo favorable y con alguna cohesión.

¿Para quién trabajan?
Una de las mayores desgracias partidistas es que un presidente crea -como Balaguer en 1996- que le conviene que su partido no siga en el poder. O que quienes él cree suyos obren para sí mismos y no su jefe.
¿Es este el caso de Abinader y sus colaboradores?

Sobre el autor

José Báez Guerrero

Abogado, periodista y escritor dominicano.