Hace casi 26 años que la telerrealidad llegó a España para quedarse. Hay varios factores que influyen en el éxito de los realities, y también son diversos los riesgos a los que se exponen quienes hacen un consumo excesivo de ellos, sobre todo lo más jóvenes, más vulnerables a sus efectos.
Desde la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) advierten de que, entre otras cosas, los ‘realities’ pueden distorsionar la visión que tienen los jóvenes de las relaciones, refuerzan los estereotipos y pueden bajar la autoestima por la comparativa constante con los personajes que participan en ellos.
Una realidad poco realista
La profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC, Elena Neira, destaca, en declaraciones a EFE Salud, la capacidad adictiva que tienen este tipo de formatos por el propio concepto del programa, el montaje y la narrativa audiovisual, que están orientados «a un consumo compulsivo».
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Neira, quien es investigadora del Grupo de Investigación de Aprendizajes, Medios y Entretenimiento (GAME), abunda en que «lo distópico del asunto» es que supuestamente muestran la realidad, pero «en realidad están creando personas alternativas a esa realidad».
Y ponen a esos personajes en situaciones que tampoco son muy normales.
Formatos para enganchar
Por su parte, el profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC Aleix Comas detalla los factores psicológicos que influyen para mantener a los espectadores «enganchados»: la estructura del programa, el morbo y la comparativa social.
Respecto a la estructura, Comas destaca el «cliffhanger», que es un recurso que corta la narración «en el punto de máxima tensión dramática», lo que provoca que el espectador quiera ver el siguiente episodio.
En este apartado el experto de la UOC señala la anticipación de imágenes, que funciona como un señuelo para enganchar a la audiencia y, a su juicio, es un reforzador psicológico «bastante similar» al que utilizan las máquinas tragaperras.
Sobre el morbo y el «voyerismo», el profesor de la UOC señala que estos programas dan la oportunidad de ver a personas reales —que, en principio, no son actores— en situaciones nuevas y de cierta intimidad que no podríamos presenciar de otras formas».
Y en cuando a la comparativa social, permiten poner al espectador en la piel del concursante con el que se siente identificado, lo que facilita que quiera ver cómo se resuelve su situación particular y si le es o no útil.
«Sería una especie de aprendizaje de cómo resolver conflictos, a pesar de no ser, en muchos casos, las fuentes más adecuadas de relaciones sanas y equilibradas», incide Comas.
La vivencia de problemas que puedan parecer reales hace que los espectadores se vinculen con los participantes.
Esa vinculación, matiza, puede crear falsas creencias y, de hecho, resalta que hay «numerosos» estudios académicos que afirman que formatos de este tipo tienen un impacto en la imagen que el público que tiene de las relaciones personales y amorosas».
Relaciones tóxicas
Para Neira trasciende una versión «algo contaminada» de lo que son las relaciones y eso, para determinados grupos demográficos, puede acabar siendo un baremo que luego tomen como referencia en sus vidas.
«Las relaciones tóxicas que aperecen en estos programas son de manual, un estereotipo. Por una parte nos estamos rasgando las vestiduras porque se produzcan determinados desgraciados fenómenos en la sociedad, pero, por otra parte, nos estamos alimentando de ellas. El propio sinsentido de este nueva manera del entretenimiento», reflexiona.
Subraya que «lo distópico del asunto» es que supuestamente un reality es la realidad, pero «lo que están creando es una persona alternativa a la realidad, porque lo que busca el programa es generar una reacción visceral y profunda».
«Por otra parte, jugar con el morbo y poner a los personajes en situaciones en las que tú de normal no te verías digamos que genera esa confluencia de factores, genera que tú tengas una, pues probablemente muchas veces una curiosidad malsana por saber qué pasará a continuación», considera Neira.
Refuerzan estereotipos
Hay que tener en cuenta que el público general de algunos de estos programas tienen entre 18 y 34 años, con lo que son franjas «complejas» en relación a la salud mental.
Y uno de los riesgos de los realities es que «refuerzan los estereotipos, porque los perfiles y comportamientos que resultan de la edición del programa se seleccionan «no en función de lo que es más real o más sano, sino en función de lo que creen que va a generar más audiencia, que justamente suelen ser comportamientos muy polarizados y relaciones muy tóxicas», coincide Comas.
Y el peligro, añade, es que de tanto presentarlo se acaba normalizando.
Así, un consumo excesivo de realities entraña más riesgos, como una pérdida de referencias y criterios para establecer relaciones interpersonales sanas, enumera Comas.
Pero también una comparativa constante con los personajes que facilita una sensación de ser menos, con, reitera, la consecuente baja de autoestima o «una dificultad para afrontar y gestionar los problemas personales propios al evadirnos con este contenido constantemente».
Un informe de Mental Health Foundation, de Reino Unido, refleja que casi una de cada cuatro personas de entre 18 y 24 años reconoce que ver este tipo de programas le provoca preocupación de su imagen corporal.
Riesgos para los protagonistas de los realities
Los participantes de los realities también se enfrentan a una serie de riesgos. Puede que al estar en un programa de televisión actúen no tanto como tal, sino según un contexto que los rodea.
«Y esto los lleva a tomar decisiones y realizar acciones que muy posiblemente no harían fuera», explica Comas.
Una vez finaliza el programa, los participantes pueden sufrir desagradables cambios emocionales. Y es que salen de «esa realidad paralela», con lo que tienen que hacer «un duelo de la vida que llevan allí y volver a integrarse en la rutina», que tenían antes. No siempre pueden recuperarla.
Y también se enfrentan al juicio del público que les ha visto por la televisión, sin olvidar tampoco el duelo cuando la fama efímera se esfuma.
«Todo ello facilita sentir sintomatología ansiosa y depresiva que puede derivar en un trastorno si no se gestiona bien», añade Comas.
Los memes y las bromas en redes son habituales y abundan en fidelizar aún más al espectador, de forma que, señala Comas, se genera una presión grupal para que también lo veas» con lo que «o lo ves y formas parte del grupo en la conversación o estás fuera, señalan los expertos de la UOC.
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EFE
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