Los pobres pagan más intereses
En el discurso técnico, la tasa de interés suele presentarse como un precio equitativo, cuya fluctuación depende de los riesgos asociados y de las condiciones del mercado. Bajo esa explicación, quien representa mayor riesgo paga más, y quien representa menor riesgo paga menos. Sin embargo, es importante señalar que el sistema está diseñado para cobrarle más a quienes menos tienen y garantizar seguridad a los grandes capitales.
Ser vulnerable es una categoría que existe dentro de este régimen financiero. Personas con un perfil considerado riesgoso —como las madres solteras, el comerciante o el trabajador informal— están sujetas a intereses altos, no necesariamente por las decisiones que han tomado en la vida, sino porque la lógica estructural del sistema los fija como clientes expuestos.
En el sistema financiero dominicano, solo el 36% de las personas accede al crédito en la banca formal, según datos de la Superintendencia de Bancos (SB). El 64% restante recurre a créditos que pueden alcanzar tasas de hasta 240%, a través de prestamistas usureros que buscan beneficios particulares y terminan asfixiando la economía familiar.
Hablar de inclusión financiera es necesario en estos tiempos, pero debe hacerse de forma integral. También es importante mencionar la necesidad de salarios decentes que permitan a los trabajadores asumir créditos productivos y no aquellos que se ven obligados a tomar porque sus ingresos no les permiten llegar a fin de mes.
Mientras los sectores más poderosos utilizan el crédito para adquirir maquinaria, realizar inversiones o fortalecer portafolios de negocios que les generan retorno económico, los pobres acceden a él para cubrir servicios básicos y necesidades que deberían estar garantizadas en un Estado que respete al obrero que se levanta cada día a trabajar y paga sus impuestos.
Vivimos dentro de una estructura financiera que puede aprobar tres tarjetas de crédito de 50 mil pesos a una persona, pero pone trabas cuando se trata de un préstamo de 200 mil pesos para iniciar un pequeño emprendimiento. Es decir, estamos ante un sistema que promociona el consumo, pero dificulta la producción y termina profundizando la dependencia de las familias pobres.
Un sistema que evalúa primero los riesgos y no las desigualdades solo logra incrementar los niveles de injusticia financiera que ya forman parte de la vida cotidiana. Por eso es fundamental crear espacios de debate que impulsen alternativas más humanas, donde el acceso al crédito se enmarque verdaderamente en la equidad.
