Los dominicanos nos reconocemos

dominicanos

Uno de los valores fundamentales que implementamos en la estrategia de desarrollo de la cultura, es la revitalización de la identidad nacional. Por ello, hace unos días lanzamos una campaña que promueve las más genuinas características de nuestra esencia cultural, en un concepto orientado en la idea de que los dominicanos nos reconocemos.

Nos reconocemos en la calidez de un saludo sincero y en la solidaridad que no espera recompensa. Somos un pueblo que se acompaña en la alegría más contagiosa y en el infortunio de sus momentos más aciagos.

Como proclamó nuestro padre fundador, Juan Pablo Duarte: “Vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor.” Esa conciencia de dignidad es la que nos impulsa a actuar desde la generosidad y el compromiso, valorando cada gesto y acción en el fortalecimiento de la nación.

Los dominicanos somos la ejemplificación de la resiliencia, expresada en la capacidad de reponernos ante el desencuentro y la desazón. Nuestra historia ha sido forjada con la fuerza del sacrificio y la valentía.
El ilustre puertoplateño y protagonista de la restauración de la República, Gregorio Luperón, nos recordó que “los hombres de principios no se doblegan.” Y así ha sido nuestro pueblo: firme en sus convicciones, decidido a defender su soberanía y el derecho a un destino prolijo y libre.

Roberto Ángel Salcedo

Los dominicanos nos reconocemos como el mar Caribe reconoce su propia marea: en el vaivén cadencioso de sus olas; en la espuma que abraza a la orilla, y en la memoria de sal que conserva y no olvida su origen.

Nos reconocemos en el tambor que late como un solo corazón, en la sonrisa que desarma la estridencia y en la mano tendida que transforma la escasez en abundancia compartida. Somos comunidad que respira, canta y sueña en unidad.

El valor supremo de la libertad es una señal identitaria del pueblo dominicano. Las luchas cívicas, a lo largo de su prolongado discurrir, nos han consolidado como una causa viva.

Nos reconocemos en el sol obstinado y luminoso que se levanta cada día, irradiando contradicciones, pequeñeces y grandezas. Somos cacao que cosecha dulzura; somos el deporte del bate y la pelota que cruza fronteras y la bandera que ondea aun en el soplo de vientos adversos.

Las tres instituciones
El soporte fundamental en el que descansa nuestra estrategia y propósito institucional de revalidación en la identidad histórica, patrimonial y cultural, está contenida en las tres instituciones preestatales.
La primera de ellas es la familia, porque antecede a toda organización política y constituye el espacio natural donde nace y se forma la persona.

En ella aprendemos el lenguaje, los valores, el respeto, la solidaridad y el sentido de responsabilidad. No es una creación del Estado; más bien, el Estado la reconoce y la protege, porque sabe que sin familias sólidas no hay ciudadanía fuerte ni tejido social estable. La familia forma el carácter y transmite la herencia moral y cultural de generación en generación.

La segunda es la fe, una dimensión profunda del ser humano. Desde las primeras civilizaciones, el hombre ha buscado sentido, trascendencia y orientación moral más allá del poder político.

La experiencia religiosa modela la conciencia, inspira principios éticos y fortalece la cohesión comunitaria. Aunque el Estado puede organizarse de manera laica, no puede suprimir la dimensión espiritual del individuo, porque esta pertenece a la esencia misma de la persona y a su libertad interior. El pueblo dominicano ha mostrado, en todo momento de su existencia, una inquebrantable fe en Dios.

Y, finalmente, la nación, simbolizada en la bandera, es otra realidad preestatal: primero existe un pueblo con historia, cultura, memoria y tradiciones compartidas; luego surge el Estado que lo organiza jurídicamente. La bandera encarna identidad, sacrificio y sentido de pertenencia. Es el símbolo de una comunidad que se reconoce en valores comunes y en un destino colectivo. El Estado administra y gobierna, pero es la nación la que inspira, une y da razón de ser al proyecto común.

El patricio Francisco del Rosario Sánchez lo expresó con determinación: “La patria no es palabra vana.” Para nosotros, la patria es responsabilidad diaria, trabajo honesto y amor por nuestra tierra.
Los dominicanos reconocemos en la cultura, en la palabra elevada y en la identidad que nos distingue. El insigne Pedro Henríquez Ureña lo expresó con la más absoluta elocuencia: “La cultura es el ejercicio de la inteligencia y de la sensibilidad.” Y es precisamente en esa cultura que nuestra música, letras, costumbres y expresiones encuentra cohesión y orgullo.

Los dominicanos nos reconocemos en la justicia y en la dignidad humana. Nuestra historia lo ha evidenciado con vehemencia en todas sus etapas. Ese espíritu nos inspira a defender los preceptos democráticos: el respeto y la igualdad como pilares de convivencia armoniosa.

Y sobre todo, nos reconocemos en la esperanza. Como lo plasmó Emilio Prud’ Homme en las más excelsas letras jamás escritas a la tierra amada: “Quisqueyanos valientes, alcemos/ nuestro canto con viva emoción.” Ese canto no es sólo una simbología sonora: es causa colectiva y sagrada.

Los dominicanos nos reconocemos en la sonrisa franca que se impone a la incertidumbre, en el abrazo solidario que reconforta en medio de la desesperanza. Nos reconocemos en el merengue que nos hace vibrar, en la palabra empeñada, en la memoria de nuestros héroes y en el sueño de nuestros hijos.

Nos reconocemos cuando entendemos que, más allá de diferencias, compartimos un mismo porvenir. Porque ser dominicano no es sólo haber nacido en esta tierra mil veces bendecida por Dios; es elegir cada día honrarla y servirla.
¡Ser dominicano se vive!