Lo último que el dominicano pierde

Rafael Chaljub Mejìa
Rafael Chaljub Mejìa

Se ha dicho siempre y se tiene por verdad sin controversia, que lo último que el dominicano pierde es la esperanza. Que por eso, a pesar de todos los contratiempos, se aferra a la vida y no se deja abatir. Veamos el asunto a la luz del siguiente ejemplo y nos daremos cuenta de que el tema merece analizarse.

Rudesindo de León era sureño, sanjuanero por más señas. Jocoso, siempre de buen humor y siempre dispuesto al chiste y a las salidas graciosas. Alto y fornido, tan grande que decían sus amigos y vecinos que con su tamaño Rudesindo abarcaba la mitad del mundo. Tal vez de ahí le vino el apodo, Medio Mundo.

Como casi todos los de su época Medio Mundo era un guerrero y su última acción la realizó como un patriota. Fue de los que acompañó al patricio Francisco del Rosario Sánchez en la expedición antianexionista de junio de 1861. Por esa causa fue uno de los condenados a muerte y ejecutados el 4 de julio en San Juan de la Maguana.

Cuentan las tradiciones que ni aún en los cruciales y dramáticos momentos que precedieron a su muerte el personaje dejó de ser quien era y que en medio de la fila que marchaba hacia el punto de ejecución, Rudesindo miró hacia la concurrencia que presenciaba sobrecogida aquel acto de barbarie, se quitó su sombrero y con la calma de siempre a modo de despedida le voceó: Bueno señores, ya si es verdad que se acabó medio mundo.
Entonces, habrá que revisar la teoría aquella acerca de que lo último que el dominicano pierde, porque al menos en este caso, perdida ya toda esperanza, lo último en perderse fue el humor.