Lo que seríamos sin el lastre de la corrupción
República Dominicana es un país tan resiliente que ni siquiera la corrupción ha podido diezmar sus capacidades de crecimiento ni impedir que continúe fortaleciéndose.
Esta es la muestra de que tenemos la capacidad de estar mejor en todos los sentidos, porque, con tantas barbaridades en las que vivimos envueltos, y de no contar con las oportunidades y la admiración externas que hoy tenemos, posiblemente estaríamos mirándonos en el espejo de los vecinos haitianos.
Imaginemos que el dinero que se ha llevado la corrupción sea destinado a cumplir las necesidades que existen en todo el país y que demandan soluciones. Seguramente pudiéramos hablar con mayores argumentos de un país que realmente avanza hacia el desarrollo, no porque lo digan quienes gobiernan, sino por una realidad palpable.
El dinero que pierde el Estado por corrupción, pero que es ganancia para particulares, si se aprovechara para que la gente no tenga la necesidad de pasar trabajo en un hospital, preocuparse por un cupo en la escuela, salir a quemar gomas para que arreglen una calle o para que llegue agua a los hogares, de seguro que estaríamos más avanzados y las demandas no serían por cosas básicas.
El año pasado el presidente Luis Abinader explicaba que se habían recuperado 6,500 millones de pesos sustraídos del patrimonio público y que otros RD$130,000 millones estaban en proceso de recuperación por casos de corrupción. Con eso se hace el puente que se necesita en Villa Mella y se arreglan sus marginados barrios a los que nadie presta atención. ¡Por Dios!
Ahí no estaban los 15,000 millones que se dice hay involucrados en el caso SeNaSa. Posiblemente estén incluidos casos como Medusa, Antipulpo, Operación 13, Coral y Coral 5G, entre otros que han sido judicializados.
El mecanismo para recuperar lo robado al Estado debería ser estricto, mandar ejemplos no motivadores a potenciales corruptos, como actualmente, que parece se incentiva a que lo hagan, pero con grandes cantidades de dinero.
Hay que cuidar la estabilidad que tenemos, aun con la corrupción incrustada en el sistema. No es que nos conformemos con lo que tenemos; debemos seguir echando el pleito desde donde nos toque hacerlo.