Las reuniones de trabajo, lejos de ser un simple momento para intercambiar información, funcionan como un escenario donde se revela cómo se valora el tiempo, cómo se ejerce el liderazgo, cómo se escucha al otro y qué tan coherente es la organización entre lo que dice y lo que hace.
Hay equipos que terminan una reunión con claridad, dirección y sensación de avance, mientras otros salen con más dudas que certezas, con tareas poco definidas y con la impresión de que el tiempo pudo haberse utilizado mejor. Esa diferencia no suele estar en la duración ni en la cantidad de temas tratados, sino en la conciencia con la que se decide reunir a las personas. Cuando se convoca sin preguntarse si realmente es necesario, se envía un mensaje silencioso de que el tiempo del colaborador es un recurso disponible sin mayor criterio. En cambio, cuando se reflexiona si el asunto requiere diálogo, decisión conjunta o construcción colectiva, la reunión deja de ser rutina y se convierte en una herramienta de gestión.
Todo encuentro laboral necesita un propósito claro, aunque no siempre se diga en voz alta. Cuando quienes participan entienden hacia dónde va la conversación, las intervenciones se ordenan de forma natural, se evita la dispersión y se facilita llegar a conclusiones útiles. Sin esa intención definida, las ideas se cruzan, los temas se mezclan y la sensación final es de movimiento sin dirección, algo que desgasta más de lo que aporta.
También es importante comprender que participar no es hablar constantemente, sino aportar con sentido. La escucha atenta, el respeto por los turnos, la capacidad de construir sobre lo que otro ya dijo y la disposición a mirar el tema desde distintas perspectivas fortalecen la inteligencia colectiva del equipo. Las reuniones, en ese sentido, son uno de los pocos espacios donde se puede observar en tiempo real la madurez profesional y emocional de las personas, porque no solo se exponen ideas, también se evidencian actitudes.
A esto se suma un aspecto que a menudo se subestima: el tono. En un contexto laboral, una idea puede ser técnicamente correcta y aun así generar resistencia si se expresa desde la descalificación o la imposición. Por el contrario, una observación difícil puede ser mejor recibida cuando se comunica con respeto y enfoque en el problema, no en la persona. Las reuniones son espacios técnicos, pero están sostenidas por relaciones humanas, y la confianza que se cuida o se rompe allí impacta directamente la colaboración futura.
Finalmente, una reunión que no aterriza en acuerdos concretos deja la sensación de que todo quedó en palabras. Cuando se tiene claridad sobre qué se hará, quién asumirá la responsabilidad y en qué plazo, la conversación se transforma en acción y la reunión cumple su función. De lo contrario, se convierte en un ejercicio que ocupa tiempo, pero no produce movimiento real, algo que, repetido, termina afectando el clima laboral y la motivación del equipo.
Mirar con más conciencia la manera en que se gestionan las reuniones no es un detalle operativo, es una decisión estratégica. Es en esos espacios cotidianos donde se practica el respeto, se demuestra la coherencia del liderazgo y se refuerza, o se debilita, la cultura organizacional. Mejorar la calidad de las reuniones es, en el fondo, una forma concreta de cuidar a las personas mientras se cuidan los resultados.
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Silem Kirsi Santana
Lic. en Administración de Empresas, Máster en Gestión de Recursos Humanos.
Escritora apasionada, con habilidad para transmitir ideas de manera clara y asertiva.