Lo que no debe cambiar

Lady Reyes

Semanas atrás participé en el “Congreso Internacional Transformación Digital 360°: Innovación para el Futuro Empresarial”, de la Federación de Mujeres Empresarias Domínico Internacional (FEM), una jornada de aprendizaje sobre transformación digital, innovación y nuevas formas de hacer negocios.

La directiva de la FEM logró un evento de gran nivel con conferencistas y panelistas que nos recordaron algo que olvidamos: no lo sabemos todo y siempre podemos seguir creciendo y actualizándonos con nuevas perspectivas.

Como organizadora de encuentros cuyo eje es la comunicación, sé que los cierres son los que dejan el sabor final en los asistentes, también sé que después de un día escuchando exposiciones, la energía no es la misma, algunos participantes se han marchado y los que permanecen hacen un esfuerzo por mantenerse atentos.

Por eso me sorprendió lo que ocurrió cuando subió al escenario Darián Vargas, experto en inteligencia artificial y análisis de datos. Desde la primera frase capturó la atención y, con un estilo fresco, irreverente y auténtico, logró algo que no es fácil: despertar a una audiencia que había atravesado horas de contenido.

Cuando el cronómetro marcó el fin de su tiempo, reconoció que aún le quedaban diapositivas por compartir y preguntó si debía concluir o continuar. La respuesta fue unánime: “Sigue”. Y sus 15 minutos se convirtieron en una hora.

Nuestra humanidad

Lo interesante es que, aunque habló de inteligencia artificial, datos, comportamiento humano y los cambios que están transformando la sociedad, hubo un hilo conductor en su presentación: nuestra humanidad.

Habló de hábitos, comportamiento y responsabilidad individual, tocó la comodidad que nos lleva a la indiferencia y de cómo hemos normalizado pequeñas acciones que reflejan cambios en la forma de relacionarnos. Todo con números y datos.

Entre todas las historias que compartió hubo una muy dramática. Contó que un día entró a un ascensor, saludó y nadie respondió… con el sentido del humor que lo caracteriza, miró hacia arriba y dijo en voz alta: “Señor, tú que estás allá arriba con tu poder, haz que este ascensor se caiga”. De repente todos comenzaron a hablar.

La anécdota provocó risas, pero también dejó una buena reflexión: ¿Cómo hemos llegado al punto de compartir espacios sin siquiera reconocer la presencia de quienes nos rodean?

Estamos desarrollando tecnologías capaces de responder preguntas y resolver tareas complejas, pero estamos perdiendo habilidades mucho más simples y esenciales: saludar, dar las gracias, sonreír, desear un buen día, ser amables y reconocer al otro.

Actualizarnos es necesario, pero ninguna innovación será capaz de sustituir los valores que sostienen la convivencia humana. Antes que profesionales, expertos, usuarios de cualquier tecnología, seguimos siendo personas. Y eso es lo que no debe cambiar.