El crecimiento sostenido de los casos de Alzheimer en el mundo ha llevado a la ciencia a mirar más allá de los tratamientos farmacológicos y a poner el foco en factores cotidianos que sí pueden modificarse. Entre ellos, la alimentación se perfila como una de las herramientas más accesibles para proteger la salud cerebral a largo plazo.
De acuerdo con expertos de Mayo Clinic, no existen alimentos milagrosos ni fórmulas rápidas, pero sí patrones dietéticos que, sostenidos en el tiempo, se asocian con un menor riesgo de deterioro cognitivo y un envejecimiento más saludable del cerebro.
Dieta y cerebro: lo que dice la evidencia
El neurólogo Bryan Neth, especialista en Alzheimer, explicó en el podcast On Nutrition que hoy se sabe mucho más sobre el impacto del estilo de vida en la salud mental que hace apenas unas décadas. “La genética influye, pero en la mayoría de los casos no es el único factor. Enfermedades como la hipertensión, el colesterol alto y la diabetes también están estrechamente relacionadas con el riesgo de Alzheimer”, señaló.
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Estudios poblacionales, como el Proyecto de Salud y Envejecimiento de Chicago, demostraron que los hábitos diarios —especialmente la alimentación y la actividad física— pueden modificar el curso del envejecimiento cognitivo.
En su práctica personal y profesional, Neth recomienda un patrón de tipo mediterráneo, caracterizado por un alto consumo de frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, pescado, frutos secos y aceite de oliva, y una baja presencia de productos ultraprocesados.
La dietista Tara Schmidt, también de Mayo Clinic, subrayó que la fortaleza de este modelo es su flexibilidad. “No se estudian alimentos aislados, sino formas de comer. Es un patrón que puede adaptarse a distintos estilos de vida y presupuestos”, afirmó. Recordó que opciones como vegetales congelados, legumbres secas, avena o pescado enlatado permiten mantener una dieta saludable sin altos costos.
Grasas buenas, fibra y disfrute
Lejos de evitar las grasas, los especialistas destacan la importancia de priorizar las insaturadas, presentes en aceites vegetales, semillas, nueces y aguacate, por su impacto positivo en el sistema cardiovascular y cerebral.
También resaltan el papel de la fibra, abundante en frutas, verduras y granos integrales, que contribuye a reducir la inflamación y a fortalecer el microbioma intestinal, un factor cada vez más vinculado al funcionamiento del cerebro.
Además del componente nutricional, Neth remarca el valor emocional y social de la comida. “Comer también es placer, encuentro y bienestar. Un enfoque demasiado restrictivo rara vez es sostenible”, sostuvo.
Junto al patrón mediterráneo, otras dietas muestran beneficios. La DASH, orientada al control de la presión arterial, y la MIND, que combina elementos de ambas y prioriza verduras de hoja verde, bayas y cereales integrales, cuentan con respaldo científico en la prevención del deterioro cognitivo.
Qué conviene reducir
Las investigaciones coinciden en que una dieta rica en ultraprocesados y grasas saturadas se asocia a un mayor riesgo de enfermedades metabólicas, cardiovasculares y neurodegenerativas. Por eso, se aconseja limitar el consumo de carnes rojas, lácteos enteros, bollería industrial y bebidas azucaradas.
La recomendación no apunta a prohibiciones absolutas, sino a un equilibrio realista que permita sostener los cambios en el tiempo.

Sobre los suplementos, Neth advierte que no existe evidencia suficiente para indicarlos de forma general. “Los mayores beneficios provienen de los alimentos reales. Solo en casos de déficit comprobado pueden ser necesarios”, explicó.
Comer bien en todas las etapas
Para los especialistas, nunca es tarde para mejorar la alimentación. Incluso después de un diagnóstico de Alzheimer, los hábitos deben adaptarse priorizando la calidad de vida. “En esos casos, el disfrute también es terapéutico. Si un alimento favorito estimula el apetito y el interés por comer, puede ser valioso”, indicó el neurólogo.
En definitiva, cuidar el cerebro no pasa por dietas estrictas, sino por construir una relación sostenible con la comida: variada, flexible y basada en alimentos frescos. Una estrategia cotidiana que, sin promesas milagrosas, puede marcar una diferencia real en la salud cognitiva.