El distinguido historiador, economista y arqueólogo Bernardo Vega sugirió ayer que en vez de resaltar el alto crecimiento del PIB, la estabilidad y otros aspectos positivos, “si queremos ser honestos” los dominicanos debemos “enfatizar los índices negativos que reflejan nuestras debilidades”.
Quizás podemos con ambos ojos ver lo bueno y lo malo a la vez. Don Bernardo acierta al resaltar la importancia de la educación pública. Yerra al citar la mortalidad infantil como indicador de mala salud pública, pues esa métrica está sesgada por la enorme cantidad de parturientas haitianas que llegan a hospitales públicos a parir sin haber tenido atención médica durante su embarazo.
La emigración y remesas no pueden tampoco juzgarse como algo negativo, pues es un hecho de raíces largas, desde que tras 1965 los Estados Unidos estimuló ese éxodo dando visa a todo quien la pedía.
Los principales problemas dominicanos a mi juicio son el creciente estatismo y subsidios indiscriminados, financiados con préstamos; la pésima instrucción pública y sus consecuencias, y la irresponsabilidad e indolencia de parte del liderazgo empresarial que no defiende principios, sino acomodos sectoriales.
Otros problemas como el caos de tránsito o la quiebra de las EDE son reflejo del mal de raíz, impunidad por la falta de macana legal para quitar poder a mafias y sindicatos ilegales. En sentido general concuerdo con Vega. Este gobierno da demasiada importancia a una opinión pública maleada por influencers y una prensa muy corrupta. Pero ponernos a proclamar nuestros males y callar los éxitos quizás no es prudente.
Lo que se tiene usualmente es infra valorado porque la naturaleza humana está marcada por la ambición y enfoca su atención en lo que falta, pero la estabilidad, relativa baja inflación, crecimiento e inversión extranjera son bienes deseables y envidiados por otras naciones. Aplicar la voluntad, recursos e inteligencia a los atrabancos con igual entusiasmo, consistencia e interés que a los logros puede que sea mejor.