Una absurda paradoja ensombrece el inicio de las vistas públicas del Consejo Nacional de la Magistratura para escoger seis nuevos jueces de la Suprema Corte, incluido al presidente, de los 88 candidatos que procuran esa alta distinción, que corona la carrera jurídica de abogados con vocación de servicio público.
Esta situación, aparentemente anti-lógica, es que el presidente Abinader, tan proclive a no ir contracorriente al tomar decisiones de Estado y uno de cuyos temas o discurso preferido es la independencia judicial, se ve ante la disyuntiva de apoyar al mejor candidato para presidir la Suprema o dejarse vencer por quienes creen que alguno, por alegada cercanía al jefe del Estado, no merece lo que sus sobradas condiciones garantizan.
Me refiero a la soterrada campaña para cerrar el paso a la presidencia de la SCJ al distinguido jurista Fernando Langa, candidato idóneo que aparte de sus virtudes ha sido avalado por las Iglesias, varios gremios y muchos de los más destacados abogados que participan del debate público.
Quienes por algún motivo, no aclarado públicamente, alegan defender a Abinader promoviendo otros aspirantes por esa supuesta afinidad suya con Langa, olvidan que si acaso esta existiera jamás es ni sombra de la que había entre Danilo Medina y el actual presidente de la corte, Luis Henry Molina, quien era alto funcionario y dirigente del PLD, dos condiciones que no adornan a Langa.
Y, ¿acaso impidió Molina desde la SCJ que se realizaran los escandalosos procesos por corrupción imputada a familiares, allegados y funcionarios del expresidente? La excelencia profesional, ética y moral requerida para presidir la SCJ no es un atributo exclusivo de uno solo de los postulantes, pero descalificar a un candidato superbo con argumentos inconsistentes, para escoger a otro con menos calificaciones, hará más daño que bien a la Justicia, a la nación y a quienes incurran esa penosa y sospechosa cobardía. Y a Luis también.