Jueves, 18 de julio, 2019 | 6:47 am

Las identidades dominicanas



Propicio el mes de febrero para tratar el tema que plantea el título de esta Bitácora, sobre todo el día previo al 27 de febrero. Y enfatizo su plural. La cuestión de las identidades, personales o sociales, son definidas por autores del siglo XX como narraciones que responden a las preguntas de quién soy o quiénes somos.

La identidad es la respuesta que damos frente a esa pregunta, en el tiempo y las circunstancias en que nos la formulan. Visto con ejemplos concretos. No es la misma respuesta que brindé a la pregunta quién soy yo cuando tenía 15 años o 30, que mi respuesta hoy a mis 58.

Responder a la pregunta sobre lo que somos los dominicanos no genera respuestas semejantes si se formula en el siglo XIX o en el XXI, si la responde una joven que vive en Guachupita, o un empresario maduro que vive en Naco, si contesta un campesino de un campo de Pedernales, o una empresaria de bienes raíces que vive en Punta Cana, o un bodeguero que lleva viviendo 20 años en el Alto Manhattan.

Toda identidad social, en nuestro caso la dominicana, es una abstracción que desconoce las múltiples desigualdades concretas de todo cuerpo social. Diferencias de lugares de vida, de ingreso, género, edad e ideologías. Fruto de ello, de las ópticas de nuestras existencias individuales, percibimos el mundo y lo interpretamos.

En el diálogo entre esas diversas identidades se buscan perspectivas comunes que usualmente se agotan en el compromiso de seguir viviendo juntos o preocuparnos por el destino de esta comunidad aunque vivamos lejos de ella. El resto son tonterías, como la apelación al sancocho, los plátanos, la impuntualidad, el ron o la cerveza, el merengue o la pelota. Lo dominicano no se mide por los gustos culinarios, deportivos o los defectos sociales.

Tampoco la identidad social propia se articula en la negación de otras culturas. Los católicos no lo son por no ser protestantes, o los cristianos por no ser musulmanes, o los dominicanos por no ser haitianos, españoles o estadounidenses.

La xenofobia o el racismo no son criterios de identidad, a lo sumo son muestras de cretinismo. Todas las culturas humanas, desde el origen de nuestra especie, está en constantes mestizaje, es su riqueza, su clave de sobrevivencia. Igual que las comunidades cerradas terminan degenerando a nivel genético, igual le ocurren cuando no tienen identidades porosas que aportan y reciben en relación a otras comunidades.

Los discursos nacionalistas, que pretenden que existe UNA identidad por comunidad nacional y que propone como objetivo el defender dicha identidad, son expresiones de modelos políticos autoritarios y violentos. Usualmente son movimientos al servicio de minorías explotadoras que pretenden reservarse el uso exclusivo para sus intereses las mentes y el trabajo de las mayorías bajo su dominio. Lamentablemente los explotados se dejan encandilar por esas arengas chovinistas  y sirven al propósito de sus dueños.

En una sociedad abierta y decente, la única en que merece vivirse, la diversidad de identidades se articulan en el diálogo y la innovación, la apertura a las culturas de otros pueblos es una señal de madurez propia y la calidad de sus productos culturales se ofrece al mundo como signo de apertura. Es el resultado propio de la democracia plena y la equidad económico-social. El resto son formas de tiranías.

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