Las graves tareas pendientes
Desde hace años, la palabra “riqueza” se ha transformado en un término de uso corriente entre nosotros. Nos resulta difícil hacer silencio ante lo que sugiere sobre la transformación de la República Dominicana.
El doctor Leonel Fernández es el autor de la frase más socorrida al respecto: “Vivimos, dijo hace un par de años, una explosión de riqueza”.
Quien compara nuestras ciudades con las de otros tiempos, es justo que sienta un profundo asombro. Avenidas, bulevares, edificios y torres, pasos a desnivel, túneles. Las cifras del turismo, el comercio y los nuevos proyectos son admirables.
Y ni qué decir de las recién inauguradas autopistas, puentes, negocios, plazas, escuelas, universidades.
El citado “librito” donde se dice que el presidente Balaguer llevaba al día las cuentas nacionales es, en estos tiempos, una broma. Solo en 2014 el Gobierno edificó diez mil nuevas aulas. Un ensayo, auspiciado por el Banco Popular y escrito por el historiador Frank Moya Pons, contiene testimonios estadísticos y gráficos que patentizan lo ocurrido en este medio siglo.
Esta nueva realidad puede que nos haga sentir orgullosos. Bastaría con examinar los índices del crecimiento del PBI. La pregunta que surge es si cuanto observan nuestros ojos, o las estadísticas, o el número de negocios y edificios y grandes plazas comerciales y proyectos empresariales, turísticos y urbanísticos que se levantan, es suficiente para que podamos dormir tranquilos.
Sin una clara conciencia en la dirigencia nacional de lo que es la modernidad, el desarrollo y el progreso, la transformación de la que somos testigos jamás se hubiera concretado. Pero en esta tarea hemos dejado atrás aspectos decisivos.
Como la redistribución de esa riqueza. ¿Nos ha faltado el coraje o los controles institucionales para ponerle freno a este descomunal egoísmo? ¿Qué hacemos para revertir ese proceso?
Resulta aberrante la posposición sin límite de tiempo de las conversaciones sobre el salario mínimo.
Y los salarios y sueldos medios. No hay equidad en lo relativo al régimen tributario, y es un crimen que la mayoría de las cargas sean indirectas. Los precios de alimentos, servicios y medicinas se incrementan.
La clase media desaparece, derrotada ante la incapacidad de hacerle frente a sus gastos. Hay corrupción y la autoridad, en muchas áreas, se ha desvanecido. La justicia deja mucho qué desear y el crimen y la impunidad campean por sus respetos.
La droga desborda nuestras calles e instituciones y la inseguridad se enseñorea sobre la existencia de los ciudadanos.
Los pequeños y medianos negocios desaparecen. La migración haitiana luce incontrolable.
La mano de obra agrícola criolla decae y desaparece. La construcción y el turismo no emplean, o lo hacen limitadamente, al dominicano. En el comercio, ya hay asomos preocupantes de este problema.
El número de vehículos en circulación ha desbordado la capacidad de las autoridades.
Esto, para solo citar algunos tópicos. Son muchas las tareas pendientes que debemos asumir para que el dominicano se sienta copartícipe de este nuevo estado de cosas y no visualice que el efecto colateral de esta “explosión de riqueza” lo empuja a la indigencia, como de hecho está ocurriendo.
Las consecuencias sociales, no nos llamemos a engaños, podrían arrojar por la borda todo lo logrado.