Las glorias de este mundo

Roberto Marcallé Abreu
Roberto Marcallé Abreu

Los eventos de los últimos días –y los esfuerzos de importantes políticos por aprobar la reelección- nos recuerdan una vez más la sentencia bíblica sobre lo efímero de las glorias de este mundo.

La conclusión es que el hombre que ha asumido el quehacer público es vulnerable, dubitativo y poco confiable. Sus palabras se las lleva el viento. Las decisiones son producto o consecuencia de las circunstancias.

Los principios pocas veces cuentan. Tres de nuestros presidentes –Balaguer, Hipólito Mejía y Danilo Medina- repudiaron la reelección.

Llegado el momento se repostularon o modificaron o intentaron modificar la Carta Magna a fin de reelegirse.

Se olvida que la gloria verdadera tiene poco que ver con los afanes circunstanciales o momentáneos. Que, en definitiva, cuenta más la trascendencia.

Pero esto no importa mucho a nuestros políticos. No hay mejor ejemplo que Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, José (Pepe) Mujica y Juan Pablo Duarte. Su desprendimiento y grandeza quedarán impresos para siempre en la conciencia de los hombres.

La historia nacional es prueba de esta futilidad de la conducta humana. Recordemos a Rafael Trujillo, sus desesperados esfuerzos por consolidar la continuidad de su régimen, colocar al frente del mando a un heredero.
Murió desilusionado y ultimado a balazos.

El profesor Juan Bosch, sin duda uno de nuestros grandes hombres, siempre anheló una descendencia, más espiritual que física, que de alguna manera fuera la continuidad de sus afanes reivindicadores. Preguntémonos seriamente si pudo lograrlo.

El doctor Joaquín Balaguer no dejó tras su desaparición un heredero político. Su partido casi desapareció con él. Si dejó hijos e hijas estos se encuentran inmersos en la penumbra y el anonimato.

La enfermedad afectó sin piedad a todo nuestro liderazgo político desde la muerte del dictador. Balaguer perdió la vista.

Bosch murió tras ser devastado por el Alzheimer. Jacobo, Peynado, Peña Gómez y Morales Troncoso perdieron la batalla contra el cáncer. Salvo los cuarenta días de Majluta, ninguno de ellos alcanzó la Presidencia de la República.

El presidente Guzmán optó por el suicidio. Jorge Blanco acabó sus días recluido en un silencio espantoso y desolador.

Es preciso mirar hacia atrás y pensar en aquellos días de gloria del “Balaguer joven” y “las manos limpias”.

De la imitación del Jimmy Carter de los derechos humanos.

Uno observa ahora a un Leonel Fernández triste y desilusionado por un tropiezo político circunstancial. Y lo recuerda revestido de gloria, alabado y aplaudido por todos cuando dejó la Presidencia en 2012.

¿Acaso es posible olvidar un Danilo Medina humilde en extremo rogando no cambiar de conducta ante la tumba del profesor Bosch y preservar esa, su proverbial actitud de acatamiento? Es bueno comparar esta imagen con su sonrisa, sus alegatos, sus reclamos de ahora. Las glorias de este mundo son pasajeras.

El hombre, en definitiva, es vulnerable, poco confiable y ambiguo. Al final, es la vida la que suma, resta y decide. Vanidad de vanidades: todo es vanidad.