Las consecuencias de ese silencio

Rafael Chaljub Mejìa
Rafael Chaljub Mejìa

Al mantener su inexplicable silencio respecto a la expulsión de los diez diplomáticos cubanos acreditados en el país, el Gobierno dominicano queda expuesto a pagar las consecuencias a costa de su prestigio político y su propio crédito internacional.

Como no se han explicado las causas de esta acción inamistosa, ha quedado el campo abierto a la especulación. Como si obedecieran a un patrón predeterminado, los voceros de la confusión han propagado la versión de que los expulsados se dedicaban a espiar a los atletas cubanos durante las recién pasadas competencias deportivas celebradas en el país.

Como si los servicios de inteligencia cubanos no fueran aquellos que han probado su eficiencia en más de sesenta años de lucha por la integridad de su país contra la CIA, y, fueran en cambio, tan ordinarios y artesanos para que Cuba tuviera que arriesgarse a involucrar su personal diplomático para vigilar a unos deportistas.

Y si, con un violento esfuerzo de imaginación admitiéramos que así ocurrió, entonces, lo más sensato sería presentar las pruebas.
Entonces, el silencio ha reforzado la creencia de que el Gobierno dominicano actuó obedeciendo a las presiones del presidente Donald Trump y su siniestro escudero Marco Rubio. Mucho más, cuando el gobierno nacional ha reiterado su dócil alineamiento con Washington, y ha cedido a las más comprometedoras exigencias, aún en menoscabo de la soberanía nacional.

Ese silencio alimenta otra sospecha, la de que el Gobierno dominicano se ha puesto en la misma onda anticubana de regímenes tan sumisos a Washington como el de Javier Milei, De la Espriella, Daniel Noboa, y Rodrigo Chávez, practicantes de una política de cerco y aniquilamiento diplomático contra el Estado soberano de Cuba.

Si ese fuera el caso, vaya una saludable advertencia. De todos los países del mundo, al que menos le cuadraría la hostilidad diplomática contra Cuba es al nuestro. Por los viejos vínculos históricos, la amistad tradicional de dos pueblos hermanos y compañeros de lucha y le resultaría muy alto el costo político y la culpa histórica a cualquiera que mantenga una línea de hostilidad diplomática contra un país al cual el pueblo dominicano quiere tanto y que hoy, con su onda de David, lucha y resiste en circunstancias tan difíciles.

Que cada quien mantenga su ideología, pero la diplomacia de paz, coexistencia y buena vecindad, aconseja nunca llevar las diferencias ideológicas a la esfera de las relaciones entre los Estados.

Sobre el autor

Rafael Chaljub Mejía

Columnista de El Día. Dirigente político y escritor.