Las calles son una selva

Roberto Marcallé Abreu
Roberto Marcallé Abreu

Sin el ejercicio de la autoridad, no puede hablarse de país organizado. Ni de Estado, ni de instituciones. Más, aún: resulta evidente que el denominado “principio de autoridad” se ha ido deteriorando de manera creciente en la República Dominicana.

Aplicar dicho principio, aclaremos, no es reprimir y maltratar la ciudadanía.

No es legislar para hacer imposible la vida a gente laboriosa u honorable.

Usualmente, existe una grave distorsión entre quienes ejercen el poder coercitivo del Estado cuando se habla de autoridad. La autoridad debe hacerse sentir contra aquellos que violan las leyes.

Se me hace difícil entender que se pretenda transformar a nuestro país en un destino turístico viable cuando existen tantos desaciertos e incongruencias en la conducta pública. Días atrás, fui a recibir a un conocido al aeropuerto y lo primero que le llamó la atención fue el considerable número de unidades policiales a lo largo de la autopista Las Américas.

Y eso no está mal. Pero lo que sí está mal es lo que ese visitante apreció poco después: la manera desaforada en que miles de motociclistas “manejan” (¿) sus vehículos en las calles.

Muchos de ellos, hacen zigzag, desbordan el estrecho margen entre un vehículo y otro hasta transformarlo en una pista de carrera, rayan los carros, los golpean, les rompen los retrovisores laterales provocando daños económicos a sus propietarios. Y nadie hace nada.

Esos mismos motociclistas son responsables de cientos de muertes cada año debido a su manejo temerario. Participan en carreras ilegales poniendo la vida de otros ciudadanos en peligro.. ¿Qué es lo que se espera para hacer algo al respecto?

Los “guagüeros” son los dueños de las calles. Manejan de manera temeraria haciendo daño y aterrando a los otros conductores, no dejan de tocar sus horribles bocinas, se detienen donde les da la gana, chocan con sus parachoques de hierro a otros vehículos y sencillamente abandonan la escena burlándose como si se tratara de una gracia y de camino se llevan las luces rojas de los semáforos. Si usted les reclama, un “pítcher” con un cuchillo, un garrote o una pistola lo amenaza con agredirlo.

Y ni qué decir de los llamados “taxistas”. Además de enloquecer al ciudadano con su conducta, ocupan cualquier lugar desordenando la existencia de los vecindarios.

Las calles son una selva. ¿De qué ha servido, entonces, el incremento de los policías de tránsito cuando la situación más que mejorar empeora? ¿En qué estamos?