La solidaridad internacional con Venezuela

Altagracia Suriel
Altagracia Suriel

El terremoto que sacudió a Venezuela ha afectado a miles de seres humanos que han sido impactados por ese fenómeno inesperado e impredecible. Dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 dejaron más de 2,000 muertos y más de 10,000 heridos, sobre todo en Caracas y las costas, además de la destrucción de infraestructura del pueblo.

La hermandad existencial que caracteriza a los seres humanos debe expresarse en estos momentos en el principio de solidaridad internacional, que es definido por la Organización de Naciones Unidas como la expresión de un espíritu de unidad entre las personas y los pueblos, los Estados y las organizaciones internacionales y que abarca la unión de intereses, propósitos y acciones y el reconocimiento de las diferentes necesidades y derechos para lograr objetivos comunes.

Frente a la tragedia humana no cabe más que la solidaridad y la ayuda que puedan brindar los países y sus habitantes ante los dramas humanos que se presentan después de una catástrofe como la que ocurrió en Venezuela.

Apoyo económico, médico, expertos en rescates, alimentos y cooperación de todo tipo se impone en estos momentos hacia una nación hermana que siempre ha demostrado apoyo histórico a República Dominicana.

Gestos de solidaridad están siendo expresados de forma admirable en el ámbito público, financiero, religioso y en la población, que generosamente está acudiendo a centros de acopio a aportar su granito de arena con enseres, alimentos y recursos para las víctimas del terremoto de Venezuela.

Aunque podamos pensar que la desgracia es en otro país y está lejos, no estamos exentos del riesgo y la tragedia, siendo también nosotros un país vulnerable a los sismos.

Además, la empatía nos debe llevar a sufrir con el que sufre y llorar con el que llora y a no pasar de largo ante la necesidad, recordando con Pablo VI: que “todo hombre es mi hermano”.

Y, que, como nos reitera el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti: el mundo entero es nuestra casa común y todos somos hermanos, independientemente de donde hayamos nacido.

Sobre el autor

Altagracia Suriel

Columnista de El Día