La sociedad de los sofismas

Patricia Arache
Patricia Arache

En República Dominicana, como en muchos otros países, se ha vuelto habitual escuchar discursos cargados de términos modernos: inclusión, sostenibilidad, equidad, innovación.

El lenguaje se renueva, los documentos institucionales se llenan de vocablos que sugieren progreso, pero, detrás de esa retórica, las políticas públicas y la misma mentalidad de la gente siguen ancladas en prácticas obsoletas, como símbolo de la paradoja de una sociedad que cambia muchas palabras, pero muy pocas realidades.

En el caso de la discapacidad, por ejemplo, hace tiempo que no se acepta hablar de “inválidos” ni de “minusválidos”, es más ni siquiera de “discapacitados”. Sus condiciones tienen otras nomenclaturas, pero sus potencialidades pasan ahora más desapercibidas que cuando, con cariño y familiaridad, se les llamaba cojos o como fuera.

El lenguaje se ha suavizado, pero las calles continúan plagadas de barreras arquitectónicas, el transporte público carece de accesibilidad y las oportunidades laborales para personas con discapacidad son mínimas, lo que confirma, claramente, que el cambio terminológico no se traduce en inclusión efectiva.

Estos cambios lucen como sofismas, en los que aparentan producirse avances, pero, lejos de ello, lo que hacen es perpetuar la exclusión.

En materia de género, el discurso oficial se ha llenado de expresiones como “igualdad de oportunidades” y “empoderamiento femenino”; “ellos y ellas”, “nosotros y nosotras", etcétera.

Se promueve el lenguaje inclusivo y se multiplican las campañas institucionales, sin embargo, las mujeres siguen enfrentando brechas salariales, techos de cristal y violencia estructural. La retórica ha avanzado, pero las políticas permanecen inmóviles.

El sofisma aquí consiste en creer que nombrar la igualdad equivale a alcanzarla.
Sobre la educación también se producen nuevas terminologías, aunque igualmente surgen esfuerzos de algunos sectores en materializarlas: competencias, aprendizaje significativo, innovación pedagógica.

Aunque los documentos oficiales adoptan un lenguaje moderno, la realidad escolar todavía sigue siendo rígida, memorística y desconectada de la era digital.

Los estudiantes continúan atrapados en métodos tradicionales que no responden a las demandas del siglo XXI. El sofisma educativo consiste en creer que cambiar el vocabulario transforma la práctica.

La seguridad ciudadana no escapa a esta dinámica. Se habla de “convivencia pacífica” y de “cultura de paz”. Sin embargo, la respuesta estatal sigue siendo reactiva y represiva, con débiles políticas preventivas sin programas comunitarios sostenidos.

El discurso se moderniza, la acción se estanca. El sofisma de la seguridad consiste en pensar que la retórica pacifista basta para contener la violencia.

Ni hablar del comportamiento y responsabilidad frente a la población infantil, en cuyo circulo se presentan situaciones tan dramáticas como la de amarrar a niños con cinta adhesiva a sus sillas escolares en un lugar que debe cuidarlos, para supuestamente controlar sus “majaderías”. ¿Quién evita que eso ocurra? ¿Qué instancia oficial responde por esto?…

¡Ah, ninguna! En pleno siglo XXI, cuando los adultos deben trabajar para sobrevivir, no existe en el Estado una normativa clara sobre la operación de las guarderías infantiles en el país. ¿Qué le parece a usted?…

En América Latina abundan los discursos de modernización que no se acompañan de reformas estructurales. Incluso en Europa, con marcos legales avanzados, las prácticas cotidianas suelen quedarse atrás. El sofisma es global, aunque adopta matices locales.
Mientras sigamos atrapados en la retórica, la sociedad de los sofismas seguirá vigente, un espacio en el que el discurso mata al dato y donde la modernidad se reduce a un juego de palabras.

El desafío está en romper la inercia, en pasar del lenguaje a la acción, en convertir los términos bonitos y globales en políticas efectivas. Es la forma de dejar atrás la sociedad de los sofismas y construir una sociedad de hechos y de derechos.

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Patricia Arache