La muerte de Robalagallina
Me enteré a través de mi condiscípulo Américo Celado en Facebook. El indomable instinto periodístico me llevó a las versiones digitales de los diarios para saber más, pero el suceso no estaba registrado.
Entonces recordé la canción de Joaquín Sabina “El diario no hablaba de ti”.
Habían asesinado a Carlos Paula, canillita, definido como el mejor Robalagallina del carnaval dominicano. Sus verdugos –según precisaba Celado- le arrancaron la vida para arrebatarle una motocicleta tipo Passola en la que regresaba de su labor de seguridad nocturna en el hospital de Los Billeteros.
En la febril exploración digital hallé un blog que detallaba una muerte horrenda, a palos, y describía los vestigios de aquella demoledora hazaña: un charco de sangre a la puerta de su casa y la dentadura desparramada.
¡Qué irónica es la vida! Paula danzó para el mundo embutido en aquella trapería mágica y colorida que formaba un hiperbólico trasero rítmico, acompasado, desbordado e imposible de ser cubierto por la sombrillita sintetizadora de una mofa a sí mismo.
No había forma de verlo en esos menesteres sin sacarnos la misma risa. La gracia prevalecía por encima de la repetición y sobrevivió al tedio de las cosas muchas veces vistas. Pero ahora la violencia callejera nos lo entrega abatido, fracturado, brutalmente azotado.
El grado y el tono de la delincuencia nos van privando de todo. Con el tiempo, probablemente, tendremos que enclaustrarnos, asumir una vida virtual para no salir a las calles tomadas por el odio, la frustración de una sociedad cada vez más desigual, inequitativa y negadora de oportunidades para el desarrollo sano del ser humano.
Mientras tanto, quienes gobiernan nos entretienen con la triste comedia de un plan de seguridad amorfo, masticado y pálido en el que nadie cree, pero tampoco ve. Buscan la fiebre en la sábana y no van al fondo.
El cortoplacismo y la indiferencia nos matan. Y lo peor es que ya vemos estas cosas como normales. ¿A quién carajo le interesa que mataran a un Robalagallina?.
