La mala reputación de la riqueza

Desde que Aristóteles consideró contraria a la naturaleza la obtención de riqueza más allá de la mera autosuficiencia, hasta los socialistas y anarquistas del siglo XIX, que decían que la riqueza era producto del robo, o los numerosos fundamentalistas de hoy, que predican “la sencillez voluntaria” y consideran al “consumismo” una maldición, la riqueza ha tenido mala reputación.

Para Alvin y Heidi Toffler, a diferencia del acusado en la sala del tribunal, la riqueza no disfruta de la presunción de inocencia.

Sin embargo, la riqueza es neutra en sí misma. Lo que importa es quién la tiene y quién no y a qué propósitos sirve.

Después de años de crecimiento sostenido de sus economías, en países como República Dominicana, la riqueza sigue concentrada en un porcentaje muy mínimo de la población y sobre todo de las multinacionales y grandes capitales.

No es hora de cuestionar si esas riquezas, en el plano privado, son bien habidas o no. El momento sí es oportuno para preguntarse si ha valido la pena ganarnos los primeros premios en estabilidad macroeconómica y crecimiento si no ha habido una justa distribución de la riqueza y si esta no ha impactado en el bienestar general.

Cabe preguntarse igualmente si el gobierno y sus diversas instituciones han sido eficaces y eficientes en orientar y regular los mercados para poder responder a los deseos y necesidades de la población.

Aun más, debemos preguntarnos, ¿hasta cuándo el Estado y muchos seguimos siendo cómplices, por acción u omisión, de las riquezas mal habidas de sus funcionarios y de los entes privados aliados a ellos?

No creo que nadie dude del origen malsano de la riqueza de muchos exfuncionarios del gobierno (de todos los períodos gubernamentales) a costa de la pobreza de las grandes mayorías y del apoyo institucional y estructural que ello ha conllevado.

Esto constituye y seguirá constituyendo una afrenta insoportable, que deberá tener consecuencias más pronto que tarde, cuando la población despierte y decida que la riqueza tiene futuro para todos y no solo para unos pocos, para quienes la riqueza tiene muy mala reputación. Con razón.