La lengua en los jóvenes: pensamiento y literatura

José Mármol
José Mármol

En la vida, la lengua tiene una importancia mucho mayor que la de una simple asignatura. Y de ahí que aprenderla bien, dominarla, conocerla constituya una tarea de primer orden en nuestro proceso de formación académica y profesional.

En la medida en que poseo mi lengua me poseo a mí mismo, sugiere el gran poeta Pedro Salinas en su hermoso discurso “Aprecio y defensa del lenguaje”, dictado en la Universidad de Puerto Rico, en 1944, durante su exilio caribeño.

Mi lengua es el más brillante estandarte de mi cultura. En cuanto la conozco, me conozco yo. En cuanto la aprecio y valoro, me aprecio y valoro yo.

En cuanto la cultivo, me cultivo yo en pensamiento, en riqueza espiritual, en capacidad o competencia para comunicarme con mis iguales y en posibilidad de desarrollo material mío, de los míos y de mi sociedad.

La instrucción eficaz, desde la niñez, para los hombres y mujeres de la nueva realidad que en un mundo globalizado vive nuestra sociedad, debe tener como cimiento mayor el de la enseñanza de la lengua materna.

Pedro Henríquez Ureña (1922) sostiene: “Sigo impenitente en la arcaica creencia de que la cultura salva a los pueblos.

Y la cultura no existe, o no es genuina cuando se orienta mal, cuando se vuelve instrumento de tendencias inferiores, de ambición comercial o política, pero tampoco existe y ni siquiera puede simularse, cuando le falta la maquinaria de la instrucción.

No es que la letra tenga para mí valor mágico. La letra es sólo un signo de que el hombre está en camino de aprender que hay formas de vida superiores.

Y junto a la letra hay otros, también seguros: el voto efectivo, por ejemplo, o la independencia económica” (citado por Soledad Álvarez, 1981).

Nuestro insigne hombre de letras establece, con meridiana claridad, la relación entre educación o instrucción, letra o lengua, pensamiento humanístico, vida en democracia e independencia económica o desarrollo económico y social de los pueblos, teniendo muy claro que el ideal de justicia se antepone al ideal de cultura como lo expresó en su visión utópica de América.

Es en la lengua donde se cristaliza nuestro modo de ser y de pensar. El habla, ha dicho el filósofo existencialista Martin Heidegger, es la morada del ser.

En la oralidad, que es la materialización del acto de hablar, descansa la esencia de la lengua en uso, del lenguaje cotidiano. Aprender bien la lengua es la puerta para conocer, en sus fundamentos y leyes, la naturaleza, la sociedad y la cultura. Mientras más reducido es mi léxico más limitado es mi conocimiento de la realidad y del ser humano.

Mientras menos competencia lingüística desarrolle un individuo, menores serán sus posibilidades de pensar, de razonar, de conocer. El dominio de la lengua equivale al dominio del acto de pensar.

Y si bien sirve para la comunicación, no es la lengua un simple medio de comunicación, “sino la expresión del espíritu y la concepción del mundo de los sujetos hablantes”, subrayó en 1827 el humanista alemán von Humboldt. He aquí pues, la base para la construcción del puente entre lengua y literatura, por cuanto, el arte de escribir literariamente envuelve en su génesis el acto de pensar.

Una obra literaria, aunque hiervan en ella las pasiones y las emociones, es el resultado de la articulación pensada de las posibilidades creativas o imaginativas de una lengua. La literatura va mucho más allá del entretenimiento del lector, hasta llegar a convertirse en una travesía, en un viaje imaginario que, afincado en las propiedades expresivas y estéticas de la lengua, hace de la imagen un concepto y de la palabra un pensamiento.