La lengua en los jóvenes: lenguaje y realidad
En octubre del pasado año tuve el privilegio de ser invitado por el rector del Instituto Politécnico Loyola de San Cristóbal, José R. Núñez M., SJ, cariñosamente padre Chepe, a quien me unen vínculos familiares, a dictar una conferencia ante los jóvenes graduandos del Bachillerato Técnico.
Me pidió hablarles sobre la importancia de la lengua y la literatura en la formación de un bachiller y de un profesional en el marco de una sociedad mundializada, como la que nos ha tocado vivir. Resumiré, en tres entregas, y por considerarlo de interés para los lectores de esta columna, algunas de las ideas centrales de esa disertación.
Para entender el fenómeno, se precisa vencer el mito o prejuicio, tanto en algunos profesores como en alumnos, de que la lengua materna es una asignatura más dentro del currículo escolar. No es así.
La lengua materna, su aprendizaje y su correcto uso constituyen una necesidad existencial, una razón vital, un vínculo de raíz con una cultura, una sociedad, una historia y un modo de pensar, sentir y ser concretos.
La lengua es, lo han dejado claro los lingüistas, semiólogos y los filósofos del lenguaje, un sistema de símbolos, ciertamente. Pero no un sistema de símbolos cualquiera, sino, el mayor, el lenguaje de lenguajes, el que sirve para poder interpretar, estudiar y conocer los otros lenguajes.
Existe una relación de primer orden entre lenguaje, entendido como capacidad general de comunicación entre animales, entre seres humanos y el mundo que nos rodea, o bien, la realidad. Por eso Ludwig Wittgenstein, el gran filósofo vienés del lenguaje afirmó, en una de sus tantas sentencias afortunadas, que “Palabras son hechos”.
Asimismo, el filósofo antiguo Platón, en su diálogo Crátilo, en el que conversan Sócrates, Hermógenes y el propio Crátilo acerca de la naturaleza del lenguaje, deja establecidos tres fundamentos esenciales a lo que hoy es la lengua como sistema de símbolos, que son el consenso, el uso y la significación de los nombres de las cosas o palabras.
Esta reflexión primigenia fundamenta una relación entre lenguaje y realidad, en cuyo trasfondo se encuentra, además, el eje entre la verdad (alétheia) y la falsedad (pseûdos), dos aspectos que serán esenciales para diferenciar luego la obra literaria como ficción del documento científico natural o la historia como verdad.
Pero, lo interesante en Platón es haber llegado a la conclusión de que lo que da nombre a las cosas es el pensamiento.
Luego, queda aquí establecido el vínculo indisoluble entre palabra, pensamiento y realidad, más allá de que, en términos filosóficos, se tenga razón o no en pensar que el nombre sea o no una manifestación de la cosa.
Lo que resulta indiscutible es el hecho de que la adquisición y dominio de una lengua implica conocimiento y dominio de la realidad.
Es importante que entendamos el hecho de que al tener dominio de una lengua, por ejemplo, de la lengua española como lengua materna para nosotros, estamos asumiendo que ella, como significante mayor de nuestra cultura, nos permite a su vez tener dominio sobre nosotros mismos como personas y también poder interpretar el mundo y la realidad que nos rodean.
De ahí que mientras más conocimiento yo tenga de las propiedades simbólicas y lógicas de mi lengua, al mismo tiempo, no solo podré comunicarme mejor con los demás, podré escribirla y hablarla de manera más adecuada o correcta, sino que también, tendré un mayor autoconocimiento o conocimiento de mi persona, y también, podré tener una mayor comprensión de mi sociedad y su historia, como del conjunto de objetos naturales y artificiales que me rodean y de las leyes mismas de la realidad.
