La Iglesia es parte de la humanidad
El acápite dos de Magnifica Humanitas formula claramente el propósito de la Encíclica: Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. Es una convocatoria al diálogo con todos los seres humanos que actualmente compartimos la vida en nuestro planeta. Es una postura sintónica con la sinodalidad como experiencia eclesial, pero desbordándola del estrecho ámbito eclesial y proponiendo el diálogo a todos los hombres y mujeres que hoy habitan la tierra.
No es un diálogo teorético, ni de asuntos que le resulten externos a la Iglesia, es abrirnos todos a conversar sobre las cuestiones en que todos participamos, donde somos actores y a la vez afectados. Y todos, dentro o fuera de la Iglesia, estamos en el seno de los acontecimientos, nos inquietan las mismas preguntas y late en nuestros corazones las mismas aspiraciones, porque somos una sola humanidad.
La fructífera herencia del Concilio Vaticano II nos lo recuerda y León la cita en este párrafo en dos ocasiones. El acápite 58 de Gaudium et Spes, que ya había citado en el acápite uno de Magnifica Humanitas, nos recuerda que múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.
La Iglesia no es un espacio aislado del mundo, ni ajeno a lo que la humanidad vive y padece. No es un club exclusivo de los “salvados”, ni los propietarios de “la verdad”. Francisco impactó profundamente esa falsa óptica de una Iglesia aséptica, fuera de este mundo, y apuntó a que no solo está absolutamente inserta en el destino de la humanidad, sino que su vocación es acompañar a los que están en las periferias de todo tipo, con los marginados, los pobres. La imagen de “hospital de campaña” es inmensamente significativa.
Precisamente por esa visión de la Iglesia a que nos invita el Concilio, por estar en comunión con la Trinidad, es que León XIV reconoce que podemos contribuir con determinación a todas aquellas iniciativas que construyen un mundo más justo, y podemos invitar a otros a colaborar con nosotros en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano. La propuesta es doble, por un lado, la Iglesia se ofrece a cooperar con las iniciativas que construyen un mundo más justo (aquellas que son externas a la Iglesia) y a la vez invita a todos a colaborar con nosotros (la iglesia) en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano.
Es tan relevante este punto de cooperar con todos los que están fuera de la Iglesia, como invitarlos a sumar fuerzas con las iniciativas eclesiales, que Prevost lo reformula nuevamente en este acápite dos. Queremos identificar, junto con ellos (los que no están en la Iglesia), nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos. ¿Y cuál es su fundamento? Esta actitud de diálogo es parte integrante de la vocación de la Iglesia, ya que ella, constituida «en Cristo como un sacramento, […] de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», reconoce en la historia el lugar donde el Evangelio interpela y acompaña la experiencia humana. La cita entrecomillada es de Lumen Gentium.
Contrario a las lecturas tipo TikTok vemos que analizar el texto de Magnifica Humanitas desde su misma introducción ofrece una riqueza inmensa sobre la dimensión eclesial en que se apoya León XIV y que va más allá incluso de temas más fashion como la IA a la que todos se han lanzado sin leer sistemáticamente el documento. No obstante, a la IA llegaremos, pero siguiendo el camino que la misma Encíclica nos ofrece. No olvidemos, la convocatoria es a dialogar, no a pontificar.