La gratitud

José Mármol
José Mármol

Muchas veces la insolencia, la soberbia y la arrogancia nos llevan a creer, de manera equívoca, que virtudes inconmensurables, pero también, radicalmente simples del ser humano como la gratitud son innecesarias, meramente auxiliares o poses coyunturales.opinion 29

No. No es así. Ser agradecidos es un arte de prudencia, brillantez del alma, inteligencia y sensatez.

La gratitud es una virtud que el individuo debe construir en su filosofía de vida, de la misma forma en que se construyen el conocimiento, la conducta, la forma de ser con uno mismo y con los demás. No es un atributo congénito ni don caído como maná desde lo alto.

Se construye, se adquiere doblegando fuerzas irracionales e instintivas; pero, su única base firme, duradera, estable es la humildad.

Cuando en el pasaje bíblico de Mateo, 8, 8, un centurión romano, diseñado para perseguir y no para adorar a Jesús, le pide a este que vaya a su casa en Cafarnaum a curar a uno de sus criados aquejado por una parálisis y terribles dolores, Jesús acude hasta su hogar, en reciprocidad a la fe del centurión.

Lo grandioso es el gesto de gratitud con que el soldado romano dice al Hijo de Dios, al verlo llegar y sin que todavía hiciese nada en su favor, diciendo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero, una palabra tuya bastará para sanar”. Sin una convicción previa de humildad y de fe en la forma de ser y el sistema de creencias del centurión, el milagro de Jesús no hubiese tenido lugar en las sagradas escrituras.

La gratitud es un aliento del espíritu forjado en la bondad, en el amor auténtico al prójimo, en el reconocimiento del valor intrínseco de lo que el otro hace por mí o por los míos; o bien, de lo que el otro hace, bona fide, en favor de la multiplicación de mis bienes o de mi prestigio personal y social. No es un acto privativo de la religiosidad o la moral. No.

Es una virtud, un valor, una categoría universal de la vida cotidiana, que no se puede apreciar, mucho menos poner en práctica, si no tenemos humildad, nobleza de alma o desprendimiento sincero del egoísmo, la envidia, la petulancia, la maldad.

En la película “Perfume de mujer”, escrita por Bo Goldman, dirigida por Martin Brest y protagonizada por Al Pacino y Chris O’Donnell, el personaje del teniente coronel Frank Slade (Pacino), ya retirado, fuera de gloria, abatido por la soledad interior y la frustración de haber matado y ordenado matar en plena guerra, contrata al jovencito Charlie Simms (O’Donnell) por un fin de semana para que le acompañe o le haga de lazarillo, dada su ceguera senil.

Era un contrato por un puñado de dinero. Es decir, un servicio. Sin embargo, la bondad del muchacho, su afirmativa visión de la vida contribuyen a dar al militar retirado, con vocación suicida manifiesta, una lección de fe y amor por el hermosísimo milagro de vivir.

Este hecho conmueve y transforma la existencia del excoronel. Y en gesto de gratitud acude al colegio de internos en que estudiaba el muchacho, que había sido víctima de una intriga juvenil, pendiendo sobre él una probable sentencia de expulsión.

En medio del juicio disciplinario, el excoronel se aparece y le reivindica como ser humano íntegro, servicial y leal a sus compañeros. Esa es una muestra de la verdadera gratitud como acto de engrandecimiento del espíritu humano.