La gran valía de Clemente
Roberto Clemente, primer latinoamericano que ingresó al Salón de la Fama de Cooperstown, no ha sido valorado por los miles de jugadores de esta parte del mundo, que han llegado a Grandes Ligas.
Cuando los peloteros latinos y negros eran tratados como animales, Clemente inició protestas ante los ejecutivos de los Piratas, su equipo de siempre, para que cambiaran esa penosa situación.
Uno de los casos más deprimentes que experimentaban esos pioneros lo han narrado los dominicanos Felipe Alou, Juan Marichal y Ricardo Carty, entre otros.
La triste realidad es que los latinos y negros no tenían derecho ni siquiera a desmontarse de los autobuses para comer en restaurantes durante esos largos trayectos de una ciudad a otra. Simplemente no les servían, porque eran considerados “personas” de tercera categoría.
En ese aspecto como en otros, Clemente libró batallas para mejorar las condiciones de los latinoamericanos, según consta en la obra “Clemente: La pasión y la gracia de béisbol del último héroe”, del destacado escritor estadounidense David Maraniss.
Después de su muerte en un accidente de aviación, el 31 de diciembre de 1972, cuando llevaba ayuda humanitaria a los afectados por el terremoto de Nicaragua, fue cuando empezaron a reconocer su trabajo, no solo en el terreno de juego, sino también por la lucha de igualdad de los latinos en Estados Unidos.
Este es otro de los grandes que todavía su propia gente no ha sabido darle el lugar que se merece, como ocurre con muchos otros luchadores en diferentes áreas, marginados por su propia gente.
Parece increíble, pero es una realidad que dejó plasmada Francisco Henríquez y Carvajal tras la muerte del educador Eugenio María de Hostos con: “Oh América infeliz, que sólo te acuerdas de tus grandes hijos cuando son tus grandes muertos”.
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