El petróleo denominado históricamente como oro negro, no es solo una mercancía energética: es un instrumento de poder geopolítico, un factor de dominación y, al mismo tiempo, una herramienta potencial de integración entre los pueblos. En el escenario internacional contemporáneo, este recurso natural continúa siendo una de las principales causas de conflictos, tensiones diplomáticas e intervenciones directas o indirectas entre Estados. En América Latina, Venezuela se ha convertido en el epicentro de esta disputa global.
No es un dato menor que Venezuela lidere el ranking mundial de reservas probadas de petróleo, con más de 303 mil millones de barriles, superando a potencias energéticas como Arabia Saudita, Irán, Canadá e Irak, según cifras de la OPEP. Esta realidad convierte al país sudamericano en un actor estratégico de primer orden en el tablero energético global y, al mismo tiempo, en un objetivo permanente de presión por parte de las grandes potencias consumidoras, especialmente de los Estados Unidos.
La condición de Venezuela como principal reserva petrolera del mundo, sumada a la creciente necesidad energética de Estados Unidos, ha generado una relación marcada por la confrontación política, económica y diplomática. Washington no percibe a Caracas como un socio, sino como un obstáculo geopolítico que debe ser neutralizado o subordinado. De ahí el uso sistemático de sanciones, bloqueos financieros, amenazas y narrativas criminalizadoras contra sus autoridades.
En ese contexto, el discurso estadounidense ha recurrido a acusaciones de narcotráfico contra el presidente Nicolás Maduro Moros, una retórica que posteriormente quedó debilitada cuando instancias del propio Departamento de Justicia reconocieron la inexistencia de las estructuras criminales que se intentaban atribuir al Estado venezolano. Estas acusaciones no pueden entenderse como hechos aislados, sino como mecanismos de legitimación política para justificar la agresión internacional y la violación del principio de soberanía.
Resulta aún más revelador que el presidente Donald Trump haya llegado a afirmar que Venezuela “le robó el petróleo a Estados Unidos”, sugiriendo que dicho recurso le pertenece por derecho propio. Tal afirmación expresa con crudeza una visión neocolonial de las relaciones internacionales, donde los recursos naturales de los países del Sur global son concebidos como botines estratégicos de las potencias hegemónicas.
Frente a esta lógica de apropiación, el petróleo venezolano ha tenido históricamente una función radicalmente distinta. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, Caracas impulsó un modelo de cooperación energética basado en la solidaridad regional. Iniciativas como PetroCaribe permitieron a numerosos países de América Latina y el Caribe acceder a petróleo en condiciones preferenciales, facilitando el desarrollo social y económico de naciones históricamente marginadas del sistema energético internacional.
Más aún, Venezuela promovió mecanismos de intercambio solidario, rompiendo con la lógica puramente mercantil del mercado global. Argentina recibió petróleo a cambio de ganado y maquinaria agrícola; Cuba aportó médicos y profesores; y países como República Dominicana contribuyeron con productos agrícolas como habichuelas y otros rubros esenciales. Este modelo de integración demostró que los recursos estratégicos pueden ser utilizados no para dominar, sino para construir cooperación y soberanía regional.
Sin embargo, esta visión integradora choca frontalmente con los intereses de Estados Unidos. Hoy, Washington pretende erigirse como árbitro del comercio petrolero venezolano, exigiendo que cualquier venta a países como Rusia o China cuente con su autorización. Las reiteradas declaraciones de Trump y las advertencias dirigidas a figuras como la vicepresidenta Delcy Rodríguez evidencian una política exterior basada en la coerción y el chantaje económico.
Todo indica que Venezuela está siendo castigada no por lo que hace, sino por lo que posee. El bloqueo y las sanciones no solo buscan debilitar a un gobierno, sino someter a un pueblo entero, generando miseria, hambre, dolor y luto. En este escenario, resuena con una vigencia inquietante la advertencia de Simón Bolívar:
“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad.”
La geopolítica del petróleo venezolano no es solo una disputa energética: es una lucha por la autodeterminación, la soberanía y el derecho de los pueblos a decidir sobre sus propios recursos. Mientras el poder hegemónico insiste en imponer su dominio, Venezuela continúa siendo un símbolo de resistencia frente a un orden internacional cada vez más desigual.
Etiquetas
Fredery Burgos Sánchez
El autor es politólogo, egresado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Recinto San Francisco. Analista internacional y ensayista de temas locales, nacionales e internacionales.