La fiesta de fiestas

La fiesta de fiestas

La fiesta de fiestas

Altagracia Suriel

La Eucaristía es la fiesta de los cristianos. Pero es una celebración con características peculiares. No incluye excesos de comidas ni bebidas, pero es la Fiesta de fiestas.

Como fiesta por excelencia, la eucaristía hay que vivirla desde la alegría y el agradecimiento, como encuentro con los hermanos en la fe, como comunión con Jesús y milagro.

La alegría y gracia de la Eucaristía:
Como toda fiesta, la Eucaristía nos convoca a vivir este misterio desde la alegría y la gratitud que se expresa en el encuentro con el Amigo entre los amigos: Jesús.

Para una celebración importante, siempre nos ponemos el mejor vestido o compramos algo nuevo para presentar la mejor imagen.

El ropaje que nos pide Jesús para su fiesta es una actitud de agradecimiento y la alegría que manifiesta nuestro cuerpo y espíritu al encontrarnos con Él.

La alegría que produce Jesús, no se queda sólo en el momento, sino que irradia la vida cotidiana y llena el alma del gozo del Espíritu Santo.

Encuentro con hermanos en la fe:
Vivir la Eucaristía es reconocer que la fe se vive en comunidad y que la participación en este sacramento es el sí que damos al Señor que nos invita, cada vez, de forma colectiva a celebrar con Él como lo hizo con sus apóstoles, alegrándose con nuestra presencia.

Él quiere estar con nosotros en la Eucaristía: «Intensamente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer” (Lucas 22:15).

Comunión con Jesús:
En la Eucaristía nos volvemos uno con Jesús. Cuando comulgamos Él, literalmente, entra en nosotros, en cuerpo y alma para darnos su Vida y la Salvación eterna.

Con el Papa Francisco recordamos que “la Eucaristía, es el precioso alimento para la fe, el encuentro con Cristo presente realmente con el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida”.

Eucaristía como milagro:
En cada Eucaristía en la que participamos ocurre un hecho extraordinario que escapa nuestra comprensión y que sólo puede entenderse desde la fe. Mediante la transubstanciación, el vino y el pan, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Eucaristía es una oportunidad de ser testigos de un milagro que no sólo ocurre ante nuestra mirada, sino que tiene el poder de transformar nuestras vidas para Cristo.



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