Nunca como hoy el panorama mundial ha lucido tan intensamente agitado. Los conflictos armados, como el de Ucrania, Gaza, Sudán, Siria y Myanmar generan crisis humanitarias masivas y desplazamientos sin precedentes. A estos se suma la inestabilidad e incertidumbre política de Venezuela, Cuba y Haití.
Sin embargo, estos conflictos no parecen afectar la voracidad con que la élite millonaria lucha sin descanso, no por alcanzar la paz, sino por aumentar cada vez más sus arcas. Todo es un negocio. Y tal vez el más rentable; la guerra.
Si en términos generales el liderazgo mundial, en su afán de control geopolítico, no cede sus intereses a la búsqueda de soluciones a tanto belicismo, en lo particular mucho menos podemos controlar los efectos de esos eventos externos y sus consecuencias. De alguna manera repercutan en nuestra paz emocional. Generando preocupaciones, que obviamente nos alejan del camino hacia la felicidad.
¿Pero, cómo vivir al margen de tantas atrocidades a la vez? Voces como la del estoico Marco Aurelio, sostuvieron que «La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos».
Más que un gobernante del Imperio romano, Marco Aurelio fue un pensador profundo de la escuela estoica, en medio de guerras, enfermedades y crisis políticas. Dejó escritas una serie de reflexiones personales conocidas como Meditaciones. En ellas no solo dejaba ver su lucha interior por actuar con justicia, paciencia y moderación, sino que proponía una forma de vida basada en la razón, el autocontrol y el respeto por los demás.
Parecido o coincidencia con Epicteto, reitera en repetidas ocasiones que sobre lo que debemos reflexionar, no es sobre lo que sucede, sino sobre cómo reaccionar ante lo que sucede.
Nunca podremos controlar todo lo que ocurre fuera de nosotros, y que de alguna manera nos afecta, pero sí podemos desarrollar alternativas internas, existenciales, para contrarrestar las consecuencias de estos eventos.
Comencemos por rescatar la solidaridad y la compasión.