La Duarte con París después de la foto

Víctor Féliz Solano
Víctor Féliz Solano

Hace unos días volví a observar con detenimiento la Duarte con París. Siempre he considerado aquella intervención como una de las transformaciones urbanas más interesantes realizadas en los últimos años en el Distrito Nacional.

Había razones suficientes para hacerla. Durante décadas ese entorno fue sinónimo de desorden; aceras ocupadas, vendedores instalados prácticamente sobre la vía, contaminación visual, dificultades para caminar, inseguridad y un espacio público que progresivamente había perdido su verdadera función.

La intervención cambió considerablemente aquella realidad. Se reorganizaron vendedores, construyeron módulos comerciales y mejoraron aceras, iluminación, drenaje y mobiliario urbano. El proyecto de La París y su entorno, concluido en 2023, representó una inversión superior a los RD$300 millones.

El cambio fue evidente y hay que reconocerlo. Pero las ciudades tienen una particularidad, y es que nunca permanecen como las dejamos el día de una inauguración. Y ahí comienza otra conversación. Casi tres años después, la Duarte con París permite evaluar algo que muchas veces olvidamos en la gestión municipal; una cosa es recuperar un espacio y otra conseguir que permanezca recuperado.

El área intervenida mantiene buena parte del ordenamiento alcanzado. Eso también debe decirse. No estamos frente a una obra abandonada que regresó completamente al caos anterior. Pero han aparecido nuevas dificultades.

Comerciantes de la zona han señalado una reducción importante de sus ventas. Persisten problemas relacionados con estacionamiento, abastecimiento de mercancías, movilidad y conexión entre el espacio recuperado y la dinámica comercial que históricamente caracterizó esa parte de la ciudad.

Hay otro elemento todavía más interesante. Mientras organizamos un tramo, la informalidad y la ocupación del espacio público continuaron manifestándose en otros puntos de la misma avenida. Tanto así que el Ayuntamiento del Distrito Nacional ha tenido que plantear nuevas intervenciones hacia el tramo comprendido entre la París y el Expreso V Centenario.

Esto demuestra algo que debemos comprender cuando hablamos de planificación urbana, y es que las ciudades no funcionan por pedazos. Podemos recuperar una esquina, una plaza o varias cuadras, pero si las causas que generaron el deterioro continúan operando alrededor, inevitablemente terminarán ejerciendo presión sobre aquello que recuperamos.

Por eso gestionar una ciudad es mucho más que construir obras. La obra se termina. La gestión nunca termina. Después de colocar adoquines, luminarias, árboles y mobiliario comienza probablemente la parte más difícil: mantener, fiscalizar, limpiar, organizar, controlar nuevas ocupaciones y escuchar permanentemente a quienes viven, trabajan y utilizan esos espacios.

La Duarte con París no debe presentarse como un fracaso. Sería una conclusión fácil e injusta. Fue una intervención necesaria y demostró que incluso uno de los puntos históricamente más complejos de Santo Domingo podía organizarse y recuperar parte de su espacio público.

Pero ahora enfrenta una prueba mucho más importante que aquella fotografía del día de la inauguración; la prueba del tiempo. La gestión municipal debería acostumbrarse a regresar a sus propias obras. Un año después. Tres años después. Cinco años después. Caminar nuevamente esos lugares, conversar con sus usuarios, medir resultados y preguntarse qué funcionó, qué comenzó a deteriorarse y qué necesita corregirse.

Porque transformar una ciudad no consiste únicamente en cambiar la manera en que luce un espacio. Consiste en lograr que funcione mejor y permanezca funcionando. Ese es el verdadero desafío de la gestión local.