La dominicanidad
¿Qué significa ser dominicano, hoy? Así lo comprendí en el Foro del Saint Lawrence International School, en ocasión de la celebración del mes de la dominicanidad y de la fiesta de Independencia Nacional.
Evento celebrado el pasado 17 de febrero de los corrientes en el salón de actos de esa institución. Desde la historia, mucho antes de La Trinitaria, fundada un 16 de julio de 1838 por Juan Pablo Duarte y un grupo de jóvenes dominicanos en la ciudad de Santo Domingo, el gentilicio dominicano empezó a utilizarse.
La isla de San to Domingo dejó de ser posesión española en su totalidad después de las Devastaciones ordenadas entre 1605 y 1606 por el gobernador español Antonio de Osorio en la colonia de Santo Domingo (actual República Dominicana).
Sus causas pueden servir de asidero para que se comprenda mejor la dominicanidad que estaba a punto de itinerar en nuestra historia: en primer lugar, el contrabando que los colonos del norte y oeste de la isla mantenían con ingleses, franceses y holandeses; en segundo lugar, la presencia creciente de potencias rivales en el Caribe.
En ese contexto del siglo XVII, existieron en la isla dos etnias muy específicas: en el este, el Santo Domingo español; y el en oeste, el Santo Domingo francés, o Saint Domingue. A pesar de que ser dominicano significa haber nacido en la parte española de la isla, ese es apenas uno de los elementos de nuestra identidad futura.
La dominicanidad nace, sin embargo, con nuestra Independencia, el 27 de febrero de 1844, tras 22 años de estar sojuzgados por una invasión de haitianos. Esta se consolidará con la guerra de Restauración de la República, un 16 de agosto de 1863.
Somos un colectivo de ciudadanos que hemos fraguados valores, símbolos, prácticas culturales, memoria histórica e identidad colectiva que nos definen y nos separan del resto de países que cohabitan nuestro continente.
A partir de su sesquicentenario y algunos años más de vida transcurrido en el territorio insular, he podido ver, a través de grandes obras de dominicanos ilustres, cómo se presenta nuestra dominicanidad. En ´La alimentación y la raza´ (1896), dice José Ramón López que el pueblo dominicano no tiene una alimentación regulada, y por esta razón no está vigorizando su cultura; en las ´Cartas a Evelina´ (publicadas entre 1913-40), Moscoso Puello aporta una su visión determinada sobre la relación étnica de los dominicanos, se preocupa por pobre el nivel cultural de nuestros campesinos y obreros, “que sufren más que de lo que se regocijan.” En ´Él Masacre se pasa a pie´ (1973), Freddy Prestol Castillo nos recuerda una dominicanidad que en la frontera comparte aquel “triste destino condenado a la soledad y esterilidad”. El drama del hambre es el que ha impuesto el curso inmigratorio hacia la parte este de la isla.
Con la Guerra de Abril, el estallido o revuelta de abril de 1965, parece significar que tuvimos nuestra “revolución”. Los modelos musicales populares representaron la parte más desheredada de la identidad nacional; hoy no muestran ninguna reticencia, y el pueblo dominicano se ha quedado anacrónico, sin captar la esencia de haber hecho su propia revolución.
Con ´El tíguere dominicano´ (2004), Felipe Collado –Lipe–, nos describe al fantástico personaje dominicano, graduado de la universidad de la calle, surgido de la vida de los barrios pobres. Espíritu varonil, fiestero, mujeriegos, habladores insuperables, pleitistas, enemigo del trabajo “duro”, escalador social, adulón, aparentoso, en fin… hay otros símbolos de la dominicanidad mejor valorados.
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