La diferencia entre justificar y crecer

El impacto de asumir con responsabilidad

Silem Kirsi Santana
Silem Kirsi Santana

Uno de los actos más determinantes dentro de una organización es la forma en que las personas se posicionan frente a aquello que no salió como esperaban. No es el error lo que define la cultura, es la reacción.

Hay quienes, casi por instinto, construyen explicaciones que los dejen a salvo. Y hay quienes, con una honestidad poco común, se detienen primero a revisar su propia participación. Esta diferencia, que a simple vista parece un matiz de carácter, en realidad es una frontera. De un lado, habitan las culturas donde la energía se consume en proteger la imagen; del otro, nacen los entornos donde la energía se invierte en proteger el propósito.

Asumir la propia parte exige un tipo de valentía; y eso, en parte, define la estatura profesional de una persona. Porque implica renunciar al alivio inmediato de la justificación y elegir, en su lugar, la incomodidad de la conciencia. Implica reconocer que incluso cuando hubo factores externos, siempre existió un espacio personal donde pudimos preguntar más, confirmar mejor, escuchar distinto o actuar con mayor previsión. Y ese reconocimiento, lejos de reducir la credibilidad, la eleva. Las personas confían más en quien es capaz de mirarse con honestidad que en quien siempre tiene una explicación impecable.

En las organizaciones encontramos frecuentemente la presencia silenciosa del orgullo mal gestionado. Ese orgullo que hace que las personas se aferren a tener la razón, aun cuando eso fracture la confianza; ese orgullo que convierte las conversaciones en territorios de defensa en lugar de espacios de construcción. Porque cuando el objetivo se vuelve preservar la propia imagen, el resultado colectivo pasa a un segundo plano, y sin darse cuenta, las personas comienzan a competir entre sí en lugar de comprometerse entre sí.

Sin embargo, cuando alguien asume su parte con serenidad, ocurre algo que transforma el ambiente. Se produce un permiso implícito; permiso para que otros también bajen la guardia; permiso para que la verdad circule sin temor; permiso para que el error deje de ser un espacio de juicio y se convierta en un espacio de aprendizaje. Ese gesto no solo resuelve el presente, redefine el futuro. Porque las culturas no se construyen con discursos, se construyen con comportamientos observables, repetidos y sostenidos en el tiempo.

Las organizaciones que evolucionan no son aquellas donde las personas no fallan, sino aquellas donde las personas no se esconden de sí mismas; donde cada individuo entiende que su principal responsabilidad no es demostrar que es competente, sino demostrar que es confiable. Y la confianza no nace de la perfección, nace de la coherencia entre lo que ocurre y lo que somos capaces de reconocer sobre nosotros mismos.

El verdadero profesionalismo comienza en un lugar íntimo y silencioso; en ese instante en que nadie nos obliga, pero aun así elegimos asumir. Porque es ahí donde deja de tratarse de un rol, y comienza a tratarse de identidad.

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Sobre el autor

Silem Kirsi Santana

Lic. en Administración de Empresas, Máster en Gestión de Recursos Humanos.
Escritora apasionada, con habilidad para transmitir ideas de manera clara y asertiva.