La Derrota del Trumpismo

Julio Disla
Julio Disla

La noche del 3 de noviembre de 2026 será recordada como la jornada en que la sociedad estadounidense le puso un freno en seco al trumpismo. Lo que comenzó como unas elecciones de medio mandato terminó convirtiéndose en un referéndum nacional contra Donald Trump, y el veredicto de las urnas fue contundente: una "ola azul" que arrasó con décadas de hegemonía republicana y devolvió al Partido Demócrata el control de ambas cámaras del Congreso.

El tsunami azul: la caída de los bastiones republicanos

La victoria demócrata no fue un simple ajuste electoral; fue un terremoto político. Los demócratas no solo recuperaron la Cámara de Representantes con una mayoría holgada (231 escaños frente a 144), sino que también se hicieron con el Senado al alcanzar 54 escaños frente a los 44 republicanos.‌

Lo verdaderamente significativo es dónde se produjeron estas victorias. Durante años, el Partido Republicano consideró Estados como Texas, Kansas, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Ohio, Iowa y Maine como fortalezas intocables. Pues bien, todos ellos cayeron en manos demócratas:‌

• Texas: El demócrata James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton, convirtiéndose en el primer senador demócrata de Texas desde 1988 y poniendo fin a 38 años de dominio republicano en el Senado estatal.‌

• Kansas: Adam Hamilton venció al senador Roger Marshall, respaldado por Trump, y se convirtió en el primer demócrata elegido para el Senado por Kansas en 94 años (desde 1932)

• Carolina del Sur: Annie Andrews se impuso a Darline Graham, dando a los demócratas su primera victoria en el Senado en ese estado desde 1998.

• Carolina del Norte, Ohio, Iowa y Maine: También cambiaron de color, demostrando que el rechazo a Trump no conoce fronteras geográficas ni históricas.‌

La magnitud del rechazo fue tal que los demócratas revirtieron más de dos docenas de distritos de la Cámara que habían votado por Trump por márgenes de dos dígitos en 2024. No se trató de un voto de castigo moderado, sino de un repudio generalizado a la administración Trump y al Partido Republicano.‌

La reacción de un-Trump acorralado: insultos y negación

La respuesta de Trump a la debacle fue todo un espectáculo de negación y rabia. Lejos de asumir su responsabilidad, el presidente recurrió a su viejo manual: insultar a sus propios aliados y buscar chivos expiatorios.

Según múltiples fuentes, Trump arremetió contra aliados de larga data y contra la cadena conservadora Fox News. En una serie de publicaciones en su red Truth Social, tildó a sus otrora leales de "RINO" (Republicano Solo de Nombre) y atacó furiosamente al gobernador saliente de Texas, Greg Abbott, entre otros. También cargó contra Fox News, calificando sus encuestas de salida como "una mierda" e "insultantes".

Su mensaje central fue patético: "Yo no estaba en la papeleta, y si hubiera estado, habríamos ganado por aplastamiento". Esta declaración es la confesión de un líder que no puede aceptar que su proyecto político ha sido derrotado. Al culpar a sus candidatos y a los medios en lugar de asumir el costo de su gestión, Trump demostró su total falta de grandeza y su desconexión con la realidad que le gritaron las urnas.‌

La sombra de la corrupción: la investigación sobre la fortuna familiar

El golpe final para la credibilidad de Trump no es solo electoral, sino también judicial y moral. La victoria demócrata abre la puerta a una era de rendición de cuentas que el trumpismo había logrado esquivar.

Durante meses, Trump y sus hijos utilizaron todos los resortes del poder para blindarse de las investigaciones sobre su patrimonio. A principios de 2026, Trump demandó al Servicio de Rentas Internas (IRS) por 10.000 millones de dólares tras la filtración de sus declaraciones de impuestos. Posteriormente, su administración logró un acuerdo con el Departamento de Justicia para otorgar inmunidad a Trump, su familia y sus empresas frente a auditorías e investigaciones fiscales pendientes.

Pero ese escudo se está resquebrajando. Con el Congreso en manos demócratas, los comités de supervisión tienen ahora el poder de citar documentos, llamar a declarar a funcionarios y abrir investigaciones formales sobre cómo la familia Trump duplicó su inmensa fortuna en solo dos años de gobierno. La promesa de investigar el origen de esa riqueza no es una venganza política; es una exigencia de transparencia y justicia elemental para cualquier democracia.

Una tendencia continental: el agotamiento de la ultraderecha

La derrota de Trump no es un hecho aislado. Forma parte de un patrón global que las fuerzas progresistas deben estudiar con atención. En las últimas semanas, la ultraderecha ha sufrido reveses consecutivos en distintas partes del mundo:

• Brasil: El presidente Lula da Silva derrotó a Flávio Bolsonaro (heredero político de Jair Bolsonaro) en una remontada histórica, frenando la ola derechista que buscaba alinear a América Latina con Trump.

• Israel: Benjamin Netanyahu, el aliado más cercano de Trump en Medio Oriente, sufrió una "derrota severa" en las elecciones parlamentarias. Su bloque perdió la mayoría y quedó en 53 escaños, muy lejos de los 61 necesarios para gobernar.

Estos resultados no significan el fin automático de la ultraderecha, pero sí evidencian su agotamiento como fórmula electoral. Como señalan los análisis, los movimientos populistas de derecha han pasado de ser una respuesta al malestar a asumir las responsabilidades de gobierno, y el desgaste del poder les está pasando factura. El trumpismo, el bolsonarismo y el netanyahuísmo comparten la misma arrogancia, el mismo desprecio por las instituciones y, ahora, el mismo destino: el rechazo de sus pueblos.‌

Lecciones para las fuerzas progresistas y de izquierda

La debacle del trumpismo deja varias enseñanzas cruciales para quienes luchan por un mundo más justo:

1. La ultraderecha es derrotable: No es un destino inevitable. Incluso en sus fortalezas más sólidas, puede ser vencida si se construye una mayoría social que canalice el descontento popular.

2. La coherencia y las propuestas concretas importan: Las victorias demócratas no se basaron en un líder carismático único, sino en un programa enfocado en las necesidades reales de la gente: la lucha contra el costo de vida, la sanidad universal, la educación pública y los derechos sociales.

3. La unidad es fundamental: El arco progresista que ganó es amplio y plural, desde socialistas demócratas hasta figuras del establishment. La clave fue concentrarse en lo que une, no en lo que divide.‌

4. La rendición de cuentas es parte de la lucha democrática: No se puede permitir que los líderes de la ultraderecha se blinden impunemente. La investigación sobre la fortuna de Trump es un recordatorio de que la transparencia y la justicia son pilares irrenunciables de cualquier proyecto progresista.

La noche del 3 de noviembre, la sociedad estadounidense demostró que aún cree en la democracia y en el Estado de derecho. El trumpismo ha recibido un golpe del que difícilmente se recuperará. Ahora, la tarea de las fuerzas progresistas es capitalizar ese rechazo, construir mayorías duraderas y demostrar que otra forma de hacer política es posible. La historia no termina aquí; apenas comienza un nuevo capítulo.

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Julio Disla