La derrota de las humanidades: reduccionismo
A mediados de los años 70 cursaba el bachillerato en el Colegio Agustiniano de La Vega, dirigido a la sazón por sacerdotes españoles de formación humanística y dotados de una gran sensibilidad social.
Aquel recinto alojaba un verdadero bastión de hombres y mujeres, religiosos y laicos, inclinados a formar jóvenes con la clara visión de que el ser humano constituye la razón de ser de la vida en sociedad y del desarrollo de la historia.
Si bien era cierto que debíamos prestar importancia al lenguaje simbólico de las matemáticas y a los códigos de las ciencias naturales, no lo era menos el hecho de que disciplinas como la filosofía, ética, literatura, historia, doctrina social de la Iglesia, ciencias sociales y económicas, lenguas modernas, entre otras, eran indispensables en el proceso de formación de los jóvenes bachilleres de allí egresados.
Cuando se analiza el estado de la educación dominicana en ese período, se advierte que se comportaba bastante similar, y que esa metodología didáctica respondía a una tendencia universal, en la que la educación tenía por finalidad la formación de individuos destinados, al menos en los países democráticos, a vivir en una sociedad plural, a respetar el pensamiento y el disenso del otro, a observar la tolerancia como un valor fundamental para la convivencia pacífica y para el progreso material y espiritual de las naciones.
Una fundamentación holística de la educación preuniversitaria y universitaria, erigida sobre los pilares de la tradición humanística de Occidente, empezó a experimentar un giro hacia la especialización tecnológica y el parcelamiento de los ámbitos del saber, cada vez más orientados a satisfacer las demandas del comercio, la industria y la internacionalización, hoy globalización, de la producción, la economía y el consumo de bienes y servicios.
La racionalidad tecnológica no es perniciosa en sí misma; como tampoco lo es el hecho de que las academias subrayen hoy día la tendencia a formar profesionales especializados en buscar respuestas a la ley de la oferta y la demanda de bienes y servicios; o bien, a formar expertos en el análisis de las crisis económicas mundiales de las últimas décadas. No.
El problema radica en que todo eso se ha venido llevando a cabo en detrimento de la sensibilidad y el pensamiento humanísticos que conformaron el horizonte de necesidad y posibilidad de las sociedades desde la Antigüedad Clásica hasta la Era Moderna.
En base al argumento de los embates de la crisis económica actual, por ejemplo, vemos cómo los Estados posmodernos y consumistas anuncian, sin la menor indulgencia, severos recortes en su deber de financiar la formación de nuevos maestros para los distintos niveles educativos de las nuevas generaciones de ciudadanos, así como el atrincheramiento, mediante la exclusión en los presupuestos, de la formación y las actividades estudiantiles o profesionales relacionadas con las artes, la cultura, las ciencias sociales y el pensamiento crítico.
Además, es harto lamentable notar cómo, so pretexto de reducir la educación a la necesidad de solventar los rigores de eficacia y los caprichos del mercado, las mismas instituciones educativas han ido eliminando disciplinas humanísticas que permitían la educación integral de las personas, su desarrollo de la imaginación, la sensibilidad estética, la lucidez en la relación pensamiento y lenguaje, la transmisión de jerarquías de valores éticos y fundamentos culturales, aspectos estos que daban a los seres humanos herramientas para la convivencia más o menos armónica en un mundo siempre amenazado por ideologías totalitarias, la explotación económica del más fuerte al más débil, las injusticias de leyes amañadas y por la ambición desmedida de una minoría enquistada en los aparatos ideológicos y represivos del poder fáctico y el Estado.
La reducción del ser humano a una función en el aparato productivo o en el entramado tecnológico mundial, y nada más, significaría la derrota del ser y el fracaso de la libertad. Sin humanismo no podría haber democracia.
