La derrota de las humanidades: raíz

José Mármol
José Mármol

Eran tiempos difíciles. Sin embargo, no engaño a la verdad si dijera que, de todas formas, siguen siendo estos mismos tiempos; aunque, con un mayor nivel de riesgo, un mayor grado de inhumanidad y una alta dosis de terror.opinion 153

Si Jorge Manrique tiene razón al considerar que todo tiempo pasado ha sido mejor, porque eran los tiempos de su padre y no los suyos, tendría yo que consolarme con decir que el tiempo pasado fue el crisol de los más terribles males de la sociedad actual, caracterizada por el imperio de la banalidad, de los lazos o vínculos efímeros, de la vaciedad de compromiso entre los seres humanos, de la vertiginosidad de los artefactos ante el entumecimiento y la relativización de los sentimientos y de la razón. Una sociedad, de una fragilidad, una liquidez, dice Z.

Bauman, en que los razonamientos, si llegan a serlo, toman la forma que define el interés particular del recipiente en que van a ser vertidos.

El tiempo de lo duradero es la transitoriedad, el cambio perpetuamente inmediato, fugaz.

Vi temprano las raíces del mal. Ingresé a finales de los años 70 a la universidad. Eran los tiempos aciagos de la UASD, en medio de un régimen político despótico, demagógico y cínico, como el del final de los 12 años de Balaguer.

En mi propia Alma Mater descubrí que a las llamadas ciencias humanísticas, y especialmente a la carrera de educación, salvo muy honrosas excepciones, se destinaban los estudiantes cuya incapacidad para la cosa académica, no solo para las ciencias, era suficientemente demostrada a través de pruebas sicométricas y sicológicas.

Me preguntaba: ¿pero será esto posible? Si no dabas para una carrera tradicional como Medicina, Derecho, Ingeniería, Arquitectura, Química, en fin, entonces, tu destino salvador para obtener un título universitario eran las humanidades, y muy especialmente, la carrera de educación.

Es decir, aquella destinada a formar las futuras generaciones de estudiantes y profesionales del país. Ese desacierto se sembró, al voleo, por años en nuestras aulas universitarias.

Y aunque se han hecho esfuerzos en la universidad pública y en las privadas para corregir el entuerto, la educación del país, en su nervio central, que es la calidad, ha sufrido consecuencias de algún modo irreparables.

La base de ese mal radicó en un populismo irresponsable. He leído en los diarios que cuatro de cada diez estudiantes preuniversitarios han reprobado las llamadas Pruebas Nacionales, con todo y que a estas, de nuevo por causas demagógicas, se les redujo el umbral de exigencias de conocimiento presumible en cada grado, lo cual es ya un error, que solo persigue ocultar ridículamente la verdadera y lamentable pérdida de calidad en la educación.

De ese dato deberíamos inferir, sin demasiado esfuerzo, que ha de ser mayor a esa proporción el número de profesores que reprobaría la medición científica de su formación profesional y destrezas didácticas, pobremente diluidas, si las hubiere, en afanes gremialistas donde se refugian el clientelismo políticopartidario y el parasitismo social, cultural e intelectual imperantes.

Porque trata de sacar el gato del macuto, porque procura mejores prácticas para una educación más eficiente y de mayor calidad científica y humanística, porque aspira a formar mujeres y hombres con visión crítica, ética y con capacidad para transformar la sociedad en una más justa y equitativa, el seudogremialismo profesoral trata de satanizar las iniciativas de EDUCA, pretendiendo estigmatizarlas y reducirlas, sin éxito, a los intereses particulares del empresariado que, a este respecto, tiene su base en el interés general, en la creación de valor social compartido, mediante el desarrollo profesional y el crecimiento económico.